—Pláceme, amigo mío. Ha hablado usted con singular elocuencia y persuasión. Ahora me explico que sus discursos conmuevan y arrastren a la audiencia.
—Le advierto a usted, reverendo—cortó Belarmino, cosquilleado por una comezón de simpatía hacia el ciclópeo dominico—, que no entienden mis discursos, pero causo entusiasmo por el peso llamativo.—Lo cual significaba por el fuego del sentimiento.
—Justamente por eso me lo explico. Y voy ahora directamente a mi propósito. Hemos acordado que haga usted los zapatos para los Padres de la residencia: cinco padres y un lego. Don Restituto Neira, señor caritativo y dadivoso, y su santa esposa, doña Basilisa, los cuales, como usted no ignora, nos han cedido el último piso de su palacio para residencia, desean también que usted haga el calzado para la servidumbre. Espero que, a pesar de sus ideas impías, aceptará el encargo. No se arrepentirá, le garantizo. Nuestros zapatos no le serán muy difíciles de hacer. El voto de pobreza nos obliga a vestir y calzar sin artificio—y adelantando el pie sacó del faldamento un zapato por el estilo de los del dómine Cabra; una tumba de filisteo.
Belarmino, con su clarividencia psicológica, adivinó repentinamente que pretendían sobornarle. En otra ocasión, soltando la reserva de coraje y violencia para los casos extraordinarios, se hubiera descarado con los frailes. Pero en aquellos momentos, sangrante aún la herida que Bellido le había abierto y en estado de faraón crónico, lejos de enfurecerse, sintió una manera de alivio y esperanza.
—Acepto—dijo con firmeza.
—Congratúlome—exclamó el dominico, sin ocultar su satisfacción—. Quedamos, pues, amigo mío, en que mañana, por la tarde, vendrá usted a nuestra residencia a tomarnos las medidas.
—¿Eh? ¿Debo ir yo allí?—preguntó, preocupado, Belarmino—. ¿Qué dirán mis correligionarios?
—¿Qué han de decir? Usted va como zapatero. Además, es lo más rápido y expeditivo.
A Belarmino le gustó la voz expeditivo, y la almacenó en la memoria, a fin de meterla en la horma, ensancharla y darle un significado espacioso, nuevo y conveniente.
—¿Da usted su palabra?—pidió el Padre Alesón.