El que se rió ahora fué Belarmino, y de la mejor gana:
—¿Convertirme? ¡Qué proyectil!—Belarmino juntó en un racimo las yemas de la diestra mano, se las llevó al entrecejo y silabeó confidencialmente:—¡El Inteleto!—Y luego, cambiando de tono:—Algo me he ayudado con un libro de los Padres….
—¿Te lo prestaron?
—No; lo pedí yo prestado, porque lo vi encima de una mesa.
—¿Y cómo es que se titula?
—No se enterará usted, porque está en latín.
—Pero, tú, tú, ¿comprendes latín?
—Llegaré a tener intuición con él; por ahora, sólo me es saludable.
El señor Colignon se retiró pensando: «No tiene remedio el pobre hombre.»
La apertura de la nueva zapatería causó inolvidable sensación y pasmo descomunal. El rótulo rezaba: «Apolonio Caramanzana, maestro artista.» Había un ancho escaparate, con límpida luna de cristal. Sobre el piso del escaparate, forrado de peluche verde, se alineaban varios pares de zapatos y botas, realmente exquisitos, apoyados oblicuamente en sendos sustentáculos de níquel, y con inscripciones debajo que decían: «Zapatos de piel de Suecia; encargo de la excelentísima señora duquesa de Somavia.» «Bota de becerro; para el señor Novillo», y así otros varios encargos de personas distinguidas y elegantes. Al fondo, en una urna, guardábase el esqueleto auténtico de un pie humano. Sobre la urna se leía: «Osteología del pie.» De cada huesecillo salía un alambre, con una cartela al final. Las cartelas decían: «Tibia, peroné, maléolo interno, maléolo externo, tarso, astrágalo, calcáneo, escafoides, cuboides, las tres cuñas, metatarso, falanges, falangitas, falangetas.» Encima de la urna colgaba de la pared del fondo un cuadro pintado a la acuarela, que representaba una bota, de perfil, despidiendo rayos; en la cabecera, un letrero: «La podoteca ideal», y, en la parte inferior, una estrofa: