—Él ahora dice que es un filósofo; sea. Un filósofo no estorba, ni molesta, ni perjudica, siempre que no se le tome en serio. Sobre todo, a los filósofos atarlos con longanizas. Mientras Belarmino continúe recogido en esta mansión hospitalaria; mientras nada le falte pare cubrir sus necesidades; mientras no se le estorbe en su manía de leer lo que no entiende y de comunicarse con algunas personas, aliviando por eliminación el peso de los disparates que se le acumulan en la cabeza; mientras dure esta situación presente, todo irá a pedir de boca.

—¡Oh, qué sabio es usted, Padre Alesón, y cómo se me aclaran las cosas más turbias oyéndole! Veo a Belarmino leyendo librotes y escribajeando papelorios lo más del día, y creía que esto no podía por menos de martirizarle los sesos y volverle más loco de lo que está. Yo juzgaba por mí, que no leo más que el libro de misa. Pues no puedo leerlo sin que se me levante dolor de ojos y de cabeza. ¡Dios me perdone! Y cuanta más atención pongo, peor. Pero acaba usted de decirnos que a Belarmino no le perjudica tanta lectura porque es de libros que no entiende. ¡Quién lo dijera! Lo natural parece lo contrario. Pues, ve ahí; tiene usted razón. Ahora caigo en la cuenta que cuando leo las oraciones en latín, que no entiendo jota, no me duelen los ojos ni la cabeza.—Así habló doña Basilisa. Añadió:—¿Y la otra, la Juana, su mujer? Me parecía algo, vaya, algo así… una tarasca.

—Tarasquísima—afirmó el dominico—; pero está totalmente domesticada. Su domestidad, y más todavía su ausencia, contribuyen no poco, en mi sentir, a que Belarmino viva en paz octaviana.

La Juana, por orden nuestra, no aparece por el zaquizamí de la portería; se está en la habitación que les dieron ustedes de vivienda, y cuando no, de paseo por la calle o de novena en alguna iglesia. La hija, Angustias, ésa sí hace compañía frecuente a su padre, como ustedes habrán visto. Es decir…. Voy a revelarles un secreto: Belarmino no es padre legítimo de Angustias….

—¿Cómo?—interrogaron a la par don Restituto y doña Basilisa, un poco escandalizados. Prosiguió solo don Restituto—: ¿hija espúrea acaso? ¿De él o de ella? De manera que… ¿nos la han estado pegando?

—Calma, señores míos. No hay novela y sí hay novela. La niña es hija legítima de una hermana de Belarmino, mujer infeliz, viuda de recién casada, que murió de sobreparto, dejando ese recuerdo vivo, esa niña. Belarmino se hizo cargo de ella y la crió con biberón. Por eso él dice, y es de las ocasiones contadas en que habla lengua inteligible, que la ama más que como padre: como padre y como madre juntamente. Respondo que eso es verdad: la quiere con delirio.

—Y eso que es idiota…—dijo doña Basilisa.

—Sí, señora; lo cual demuestra que Dios hizo a los hombres naturalmente buenos, y que todos los delitos de la voluntad y fealdades de la conducta son instigados por la inteligencia rebelde y la razón soberbia. Por eso, en la doctrina cristiana se nos advierte que los pobres de espíritu verán a Dios.

Lo verán desde la cazuela, y sin sacarle punta a la función, pensó don
Restituto.

El Padre Alesón proseguía: