Apolonio hubiera abrazado a Novillo; pero no quería descomponer la majestad de la figura.

Por desdicha, pasaban los meses y no venía ninguna compañía dramática.

La poesía fué estrechando más y más la amiganza entre Novillo y Apolonio. Novillo celebraba mucho los poemas amatorios de Apolonio, y siempre que componía uno nuevo se lo pedía para «empaparse» en él, decía, leyéndolo a solas.

Una mañana, Felicita entró en la zapatería de Apolonio, cosa acostumbrada; pero aquel día, la solterona llevaba desencajado el rostro, con expresión que pretendía ser colérica, y, sin embargo, dejaba recelar un placer oscuro. «¿Qué tripa se le habrá roto a esta vieja vestal?»—pensó Apolonio.

—Apolonio, ¿nos oye alguien?—preguntó Felicita, inclinándose sobre el mostrador, con delgado aliento y ojos de espía.

—Si usted conserva ese tono, nadie nos oirá.

—Apolonio…. Es usted un miserable, un traidor, un ingrato. Se lo digo a usted en voz baja, aunque con toda energía, porque quiero evitar espantosas complicaciones, incluso la efusión de sangre.

—Pero, señora…; digo, señorita….

—Silencio, infame. He callado hasta hoy, porque lo tomé como una locura fugitiva. Pero ha llegado a tal extremo su atrevimiento, que he decidido escarmentar a usted para siempre, para siempre.—Sacó del seno un montón de papeles y los despidió, con ademán repulsivo, sobre el mostrador.—Le arrojo esos anónimos impertinentes e indecorosos. Yo pertenezco a un hombre, sólo a un hombre. Todos los demás pretendientes me inspiran aversión y asco.

Apolonio examinaba los papeles escritos.