—¿Y cómo se llama?

—Cleo de Merode.

—¿Y en qué habla?

—Anda, pues en filósofo. Todos los filósofos hablan una lengua especial.

Belarmino quedó pensativo un punto. Que los filósofos hablaban una lengua especial, ya lo sabía él; pero le cabía la duda si cada filósofo hablaba una lengua distinta, inventada por él mismo, o si todos hablaban la misma. Si lo último, entonces los filósofos eran, evidentemente, seres privilegiados, que habían llegado a la verdad absoluta por medio de la revelación directa.

—¿Irá mucha gente?—preguntó Belarmino.

—Anda; y las señoras más guapas y elegantes de Pilares.

—¿Un filósofo para señoras guapas y elegantes? ¡Bueno será él!— exclamó Belarmino, decepcionado.

El despierto estudiante corrigió en un periquete:

—Caprichos de las señoras…. Han oído: un filósofo, y se han dicho, pues vamos a verlo; será un bicho raro.