A oídos de Apolonio llegaron las nuevas de lo sucedido. La envidia es clarividente; pero mira con vidrios de aumento. Apolonio valoró clarividentemente el suceso como un triunfo de Belarmino, pero dándole proporciones desmedidas. Para Apolonio, aquello había sido la consagración suprema de Belarmino como filósofo, y que de allí al acatamiento universal no había más que un paso. Apolonio paseaba, nervioso y tremante, zapatería arriba, zapatería abajo, erguida la cresta, amenazador continente, transido de funesta cólera. No le faltaba sino que le nacieran espolones. No podía resignarse a la humillación. Era imprescindible y apremiante demostrar al mundo que su cerebro aventajaba en altitud al de Belarmino, como el cedro al hisopo. En esto entró Novillo.

—¿Qué le ocurre a usted, amigo Apolonio? Parece usted febril.

—Don Anselmo, yo le digo: ya la ocasión es llegada que me cumpla como amigo una promesa sagrada.

—A ver, a ver….

—En esta zapatería, y lo juro por mi dama, me prometió usté que haría que me estrenasen el drama.

—Y sostengo la promesa. Pero es el caso que no ha venido ninguna compañía dramática.

—A pesar de los pesares, el tiempo corre que vuela. Ahora hay una aquí, en Pilares.

—Cierto; pero es de zarzuela.—Novillo ya replicaba en verso.

Apolonio respondió que a él no le importaba. La cuestión era que le estrenasen el drama. El señor Novillo, como presidente de la Junta de abonados, lo podía exigir. Novillo prometió que lo exigiría. Llevó consigo el mamotreto, debajo del brazo, y aquella noche, en un entreacto, entre El monaguillo y Las campanadas, fué al cuarto del bufo Celemín, director y primer actor de la compañía, y le dijo, a tiempo que le entregaba el manuscrito:

—Es preciso que se estrene esta obra. Los abonados lo exigimos. Es de un autor de la localidad. Se trata de un drama, pero la compañía puede representarlo lo mismo.