—¿Quién eres, chacho?—gritaba el cochero.
—Soy Celesto, el zagal de Cachán—respondió una voz. Este Celesto había sido oficial de Belarmino años atrás.
—¿De dónde vienes, hom?
—De Inhiesta.
—¿A quién llevaste?
—A dos amigos míos.
—¿Puede saberse quiénes son?
—No se puede saber. Conque adiós, y arrea palante.
Y oyóse un revuelo de cascabeles, que se dividían en dos bandadas, y cada cual volaba en dirección opuesta. Novillo y Apolonio recobraron la almohada de ruidos y vaivenes, y se adormecieron de nuevo. El primero en despertar fué Novillo. La luz de la mañana se desleía ya en el agua turbia de la lluvia. Novillo, antes que Apolonio despertase, retrajo a su lugar correspondiente las apócrifas excrecencias capilares y óseas. Un escalofrío se le difundió entre cuero y carne: «Malo—pensó—; he cogido un resfriado. Tanto como me afectan….» Estornudó, y al ruido del estornudo Apolonio abrió los ojos.
Llegaron a Inhiesta a las ocho de la mañana, y detuvieron el carruaje en la única posada del pueblo.