—Es verdad; siervo, esclavo, en tanto no se me ordene algo contra mi conciencia.

—Quieres que tu sobrino salga diputado. Eso no va contra tu conciencia. Pues no saldrá. Y agárrate bien la mitra, que corre peligro de caérsete, o, si te parece mejor, te enviaremos a que la escondas en la República de Andorra, o en una diócesis in partibus, en donde estarás como Quevedo, o como el alma de Garibay.

La duquesa llevaba la de perder, habiendo perdido ya la serenidad.

—No concibo que la señora duquesa sea capaz de tomar esa venganza mezquina, máxime cuando al negarme ahora a complacerla, estoy evitando que la señora duquesa se haga responsable de una acción indigna.

—Chico, te desconozco. Me has atacado ahora por el punto vulnerable. Tienes razón. Yo sería incapaz de tomar una venganza mezquina; mezquina por lo que a mí respecta, que, en lo que te atañe, tú no la considerarlas mezquina. También creo que siempre que está en tu mano te tomas la venganza. Yo no. En eso nos diferenciamos los nobles de los que no lo son. Pero no tienes razón en calificar de acción indigna el impedir ese matrimonio. Lo he pensado bien. Es lo más conveniente, para él y para ella, que el matrimonio no se realice. Es lo más conveniente en todos los sentidos, incluso el religioso. Dijiste al principio que el muchacho ya no está en condiciones de ser un buen sacerdote. En eso estás equivocado. Ahora sí que está en condiciones; ahora, que ha gustado el dulzor y el dolor de la vida. Dios prefiere a los pecadores arrepentidos. Recuerda a San Pablo, a San Agustín. ¿Quién te dice que, cooperando a ese matrimonio disparatado, no destruyes en germen un futuro padre de la Iglesia? Y ahora se me viene a las mientes una gran idea. ¿No podríamos meter a la chica en un convento? ¡Qué solución tan santa daríamos al conflicto!… En tu mano está, Facundo, un gran beneficio o un gran daño. Decide.

—Qué gusto me da, señora duquesa, oírle razones que yo entiendo. Me hace usted vacilar….

El prelado permaneció pensativo. La duquesa dijo entre sí: «Esta pieza está cobrada. Cuidado que me dió guerra. La amenaza fué el balín que le hirió en mitad de la pechuga.» El prelado meditaba, bajos los ojos, dando vueltas con una mano a la cruz de topacios que pendía sobre su morado pecho. Cuando alzó los ojos, pronunció estas palabras:

—Ese matrimonio tiene que consumarse. Si no es conveniente, Dios lo impedirá.

—¿Es tu última palabra, Facundo?

—Es mi última palabra.