La voz con el nombre llegó a oídos de Novillo. Le acometió un temblor intenso. Con movimientos torpes e inútiles tendía las manos hacia el peluquín y la dentadura postiza. La duquesa, que había cerrado de golpe la puerta, observaba a Novillo.
—Que no me vea así…—tartamudeó Novillo, con soplo delgado y apenas perceptible.
Entonces, la duquesa salió, cogió por un brazo a Felicita, la arrastró lejos, hasta una habitación vacía, le hizo sentar de golpe, y dijo:
—Usted se está quieta aquí.
—Mi puesto es a su cabecera, para recoger su postrer suspiro. Que nos casen in articulo mortis. Se muere.
—Por desgracia, así es. Y si usted le quiere, lo menos que puede hacer es dejarle morirse en paz.
—No morirá en paz si no me tiene a su lado.
—Se engaña usted. Anselmo no quiere que usted le vea en este trance.
—¡Falso! ¡Calumnia! ¿Lo ha dicho él?
—Él lo ha dicho.