—Anoche—dijo al fin don Gillén—comencé a contarle innumerables futesas, sin interés o de muy escaso interés. Pero este asomo de interés se desvanecerá si dejamos truncada la historia. Anoche me despedí de usted desde las puertas del Seminario conciliar de la diócesis de Pilares. Ahora, le invito a entrar conmigo. Doce añitos de estancia; pero, no se asuste usted. Comprimiremos estos años hasta dejarlos reducidos al volumen de un cuarto de hora. La consideración del tiempo por venir mete miedo; y, sin embargo, el tiempo no ocupa lugar; pero no nos damos cuenta de que no existe hasta que ha pasado. Nos afanamos por apoderarnos de prisa, de prisa, trozo a trozo, del gran bloque del tiempo venidero, y estamos en la situación de un avaro que no hiciese sino guardar onzas de oro en un arca, y que cada onza se le desvaneciese sin llegar al fondo. Fíjese usted en la impropiedad del lenguaje, en lo que respecta al tiempo y a la edad de los hombres. Se dice: «Este niño tiene muy pocos años», o «este viejo tiene muchos años». ¡Qué disparate! El niño es el que tiene muchos años y el viejo el que tiene pocos años, poquísimos, quizás meses, quizás días, quizás horas, porque el tiempo pasado ya no existe.
Aquellas consideraciones, aunque sutiles y originales, no me parecían pertinentes. Lo que yo quería conocer no eran las ideas de don Guillén, sino su vida y sentimientos. Le atajé, con cauta ironía:
—Tiene usted razón. No presumía que en los seminarios enseñaban a discurrir de esa manera sintética y plástica, por paradojas.
[Nota: DISQUISICIÓN DE DON GUILLÉN ACERCA DE LA POESÍA DEL BREVIARIO]
—¡Qué han de enseñar…!—exclamó don Guillén, riéndose alegremente—. Comprendo, comprendo…. Quiere usted darme a entender que le he metido en el Seminario para un cuarto de hora solamente y que no desea usted dilatarse en este lugar ni un minuto más de lo imprescindible. Pues ya se ha cerrado la puerta a nuestra espalda. En las narices, en los ojos, en los oídos, en la lengua, en el tacto, en el alma, recibe usted una impresión de verdín, lo que en Pilares llaman verdín; ese moho fofo y viscoso que nace, junto con las lombrices de tierra, en los rincones húmedos, sombríos y silenciosos. Estaremos en uno de esos rincones un cuarto de hora justo; viviremos luego cien años, y no se despegará de nuestros sentidos aquella sensación de verdín, de cardenillo vegetal, de frío en los tuétanos y de contigüidad con exangües lombrices, dúctiles y ondulantes cirios de cera amarilla. Estos cirios eran, claro está, mis compañeros. Los más provenían de extracción humildísima, de las breñas y entrañas del terruño labriego; pertenecían a familias de aldeanos pobres, con el peculio preciso para pagar a uno de los varones la modicísima pensión del Seminario, por entonces poco más de una peseta diaria; eran de una raza intermedia entre la pura animalidad y un rudimento de especie humana. ¡Qué facies y qué cogote, señor…! Había colodrillos perfectamente planos y obtusos, en cuya intimidad no era posible que cupiese un cerebelo. Otros colodrillos eran exageradamente apepinados y piramidales. Yo me preguntaba: ¿Dónde se les va a situar a éstos la tonsura, si no tienen espacio? Algunos de los dueños de estos colodrillos se sientan hoy a mi lado en el cabildo catedral; todos ellos están revestidos de autoridad, e imperan, en alguna medida, sobre el régimen privado de las familias y el régimen público de la sociedad. Lo curioso es que aquellas selváticas y fornidas criaturas, de frente angosta, cejas unidas, ojos montaraces y piel bronceada, apenas entraban en el Seminario adquirían el color incoloro y exangüe de la lombriz y de la cera. Y lo cierto es que, aunque muy mal (garbanzos agusanados, lentejas entreveradas con guijas, sebáceos pendejos de carne, queso ratonado, avellanas y nueces vanas), comían mejor que en sus casas. ¡Inexplicable fenómeno! Éramos unos doscientos. Entre tantos, por de contado que había hijos de familias mejor paradas de hacienda; de menestrales prósperos, de tenderos y tal cual de la clase media. De estos últimos había un Estanislao Correa, hijo de un procurador de los Tribunales, tímido y delicado como una virgen o como un lirio, al cual llamaban, groseramente, por mofa, San Estanislao de Cuesco, y le amargaban de continuo la vida. ¡Qué bárbaros! También yo pasé mis malos ratos. Lo que señaladamente les molestaba era que yo no perdía los buenos colores. Siempre fuí tan coloradete como ahora soy. Los más cerriles y pobretones caían sobre los que teníamos algún dinero, nos los ordeñaban por las buenas o por las malas, y después de sobornar a los criados les encargaban sustancias de comer y de beber, sobre todo vino blanco. Eran aficionadísimos al vino blanco. Como estaba prohibido el vino en el Seminario ni se consentía tener botellas, servíanse, para guardar el vino, de un expediente repugnante: lo metían en orinales, y de ellos bebían, a modo de cuenco. Dormíamos en grandes dormitorios comunes, que casi nunca barrían. El suelo estaba sembrado de mondas de castañas, naranjas y otros frutos, según la estación. Algunos de los medianos, y aun de los mayores, por la noche se escapaban «de mozas», como allí se decía. Solíamos asistir los demás a la escapatoria; quiero decir, al acto de escaparse. El Seminario, por la parte de los dormitorios, caía sobre un profundo barranco, ya en las afueras de la ciudad. El prófugo tenía que ser mozo recio y de cabeza firme contra el vértigo. El instrumento de la evasión se aparejaba con no menos de veinte sábanas, que algunos de los seminaristas, procedentes de pueblos costeños, unían por medio de nudos de marinero. Cuáles veces, por embromar al juerguista, le retiraban la escala de sábanas y no se la echaban sino de mañana, con el tiempo preciso para que se presentase a la primera inspección, haciéndole pasar varias horas de congoja en el barranco, entre maleza e inmundicia, acaso bajo la lluvia. Pues en aquel ambiente se estaban incubando los futuros ministros de Dios. ¿Cuántos tenían vocación? ¿Cuántos se habían encaminado al Seminario siguiendo una voz interior persuasiva, una estrella ineludible? Yo les oía contar chascarrillos de curas de aldea, de lo mucho que tragaban, de lo majamente que vivían, de los amores con que se distraían, del respeto y obediencia que se les tenía; y se refocilaban de antemano con la esperanza de arrastrar una existencia a lo regalado y holgón en una parroquia rústica, con el ama y la sobrina, pues casi todos profesaban, teórica y cínicamente, la poligamia. ¿Tenía yo vocación? No sé si, por reacción y enojo contra mis compañeros, llegué a estar convencido de sentir una gran vocación. A ratos soy muy sentimental. Entonces, lo era mucho más. Los oficios canónicos, las ceremonias del culto, el canto del órgano, el resplandor de las luces, el misterioso recato de las imágenes; todo esto me enternecía y agitaba hasta los posos del alma, y tanto más en la medida que iba entendiendo el latín. Verdaderamente, la liturgia de la Iglesia católica es muy bella, muy bella, muy sensual, a propósito para temperamentos delicadamente voluptuosos. Leyendo vidas de santos, y sobre todo de santas, se observa que los arrebatados fervores y movimientos místicos del alma coinciden con las edades críticas: la pubertad y la menopausia. A este fenómeno, un materialista le daría un sentido bajo y torpe; diría que el sentimiento religioso es una emoción sexual disfrazada. Para un espiritualista, el fenómeno tiene una explicación más natural y profunda. Puesto que en esas edades críticas el cuerpo, con infatigable tenacidad, impone su hegemonía sobre el alma, es natural que en los seres de fina textura espiritual, el espíritu intente divorciarse desesperadamente de la materia y oponer a las precarias y fugitivas apetencias de la carne un objeto absoluto e incorruptible, adonde se concentren los anhelos elevados, y de él extraigan los más puros e inefables deleites. Se me dirá que esto no acontece sino a las naturalezas enfermizas y anormales. Concedo. Pero es que la inteligencia extraordinaria, los sentimientos nobilísimos y fuera de lo común, la peregrina aptitud para producir belleza, ¿no son anormalidades, enfermedades, como la perla es una enfermedad de la ostra? La materia en equilibrio, en inercia, es realidad a medias. La materia en transformación, en descomposición, es realidad íntegra, porque está creando vida y nuevas energías. Y la energía es el elemento espiritual del universo. Yo, sin jactancia, ¿qué jactancia puede caber en esto?, soy un hombre bastante normal y equilibrado. Pero mucho más equilibrados eran mis cerriles compañeros. Yo asistía a los oficios con emoción, aunque sin subir al deliquio ni al arrobo; ellos estaban como los perros en misa. Durante los cuatro primeros años de seminario, en los cuales se estudia con preferencia el latín, me apliqué a dominar esta lengua: ellos concluyeron los cuatro cursos sabiendo menos latín que un toro de Miura. Yo tenía afición a los idiomas. El francés había comenzado a enseñármelo la duquesa. Luego, por mi cuenta, perfeccioné su conocimiento. Me inicié también en el inglés. Mis únicas distracciones eran el estudio y la lectura, cosa inexplicable para mis compañeros. Mi lectura favorita, los himnos del Breviario. Ahora tiene usted que perdonarme si le hablo con alguna extensión del Breviario. ¡Sus himnos han influído de tal suerte en mi vida…! Me sé muchos de memoria, y he traducido algunos en lengua castellana. ¡Lástima que yo no sea un buen poeta! Los españoles no conocen la poesía cristiana. Los grandes poetas franceses, Corneille, Racine y otros, han vertido los himnos del Breviario en deliciosos versos franceses. En la manera de amar y preferir decláranse espontáneamente las personas y desnudan su alma. El ardiente Corneille traduce siempre al ardiente San Ambrosio; Racine, más cerebral y refinado, traduce a Prudencio, meticuloso artífice de la poesía litúrgica. En la segunda estrofa del himno a Laudes, de la quinta Feria, dice Prudencio: Volvamus obscurum nihil, y en la tercera estrofa: Ne noxa corpus inquinet. Racine, en estos dos versos, creyó ver un como remoto antecedente de la estética de Boileau, y tradujo, respectivamente: Et que la vérité brille en tous nos discours, y qu'un frein legitime—Aux lois de la raison asservisse les sens. Yo no sé de ningún gran poeta español a quien se le haya ocurrido ungirse con el óleo denso y aromoso de la poesía cristiana. Los himnos más primitivos y arcaicos eran los que con más dulce violencia me movían los afectos. Ya desde aquellos primeros años de seminario me he atrevido a pensar que la Iglesia cristiana, en el curso de los siglos, fué mudando de condición; de potencia espiritual y apostolado de caridad social, se trocó en potencia política. Con esta mudanza, lo que ganó en poderío e influencia lo perdió en eficacia y estabilidad, porque todas las potencias políticas son perecederas, por ser odiosas. Aquellos himnos originarios e infantiles correspondíanse con las almas simples e inflamables que los cantaban a coro en los humildes templos. Aquellas almas inocentes y piadosas consideraban decoroso y prudente que los clérigos viviesen con mujer, y la Iglesia consentía el concubinato eclesiástico. ¿Por qué la Iglesia, pensaba yo entonces, no ha de permitir ahora el matrimonio de los clérigos? Cuántos daños se evitarían…. Y lo pensaba, no porque yo sintiera deseos, ni estuviese enamorado de mujer alguna, sino porque miraba y compadecía a mis compañeros. El enamoramiento vino después; y el Galeoto, el Breviario. El primer cantor cristiano fué San Ambrosio de Milán, cuyo corazón era como un grano de incienso entre brasas. Un autor dice que San Ambrosio enseñó a la lengua latina a orar. En el himno Aeterna Christi munera, que se canta a maitines el día de los Apóstoles, se expresa así San Ambrosio:
Devota sanctorum Fides,
Invicta spes credentium,
Perfecta Christi charitas
Mundi triumphat principem.
«En vosotros, la fe religiosa de los santos, la esperanza invicta de los creyentes, la caridad perfecta de Cristo, triunfa sobre los príncipes del mundo.» ¿No es admirable de sencillez y de claridad? Nada de autoridad ni potencia política. Fe, esperanza y caridad, esto es, amor gracioso y no debido. Estas tres virtudes teologales le bastan al cristiano para triunfar sobre los caducos principados de la tierra. Tal era la misión social y espiritual de la Iglesia primitiva, de la Iglesia apostólica. El día de los apóstoles San Pedro y San Pablo, consta en el Breviario un himno compuesto por Elpis, siciliana, mujer del filósofo Boecio. Este himno se canta en el Vaticano, con música de Palestrina, por un coro numerosísimo, sobre la tumba de San Pedro, bajo la cúpula de Miguel Ángel. Dice la última estrofa:
O felix Roma, quae tantorum Principum
Es purpurata pretioso sanguine:
Non laude tua, sed ipsorum meritis
Excedis omnem mundi pulchritudinem.
«Oh Roma afortunada, estás enrojecida con la sangre preciosa de aquellos mártires (príncipes cristianos). No por tus esplendores, sino por sus méritos (los de ellos), excedes la hermosura de todo el mundo.» ¿No está aquí claramente acusada la contraposición de la Iglesia primitiva, como potencia espiritual, frente al fausto de las potencias temporales y caedizas? Sin duda, debe de ser magnífico, imponente y maravilloso el aparato y circunstancias de contorno con que actualmente se canta este himno en Roma; pero, ¿qué dirían Boecio y su mujer si levantasen la cabeza? No se impaciente usted, que vuelvo en seguida a mi historia; pero estos preámbulos son esenciales. No le hablaré a usted de las diferentes recensiones, refundiciones y manejos que el Breviario padeció a manos de sucesivos pontífices, porque esto, probablemente, no le interesa, y, aun cuando le interesase, aquí estaría fuera de lugar. Sólo quiero decirle que la segunda edición tipo del Breviario fué publicada bajo Clemente VIII, con el concurso y dirección del cardenal Belarmino. Recordará usted, anoche se lo referí, otro Belarmino, zapatero y filósofo, padre de una chiquilla amiga mía, Angustias. Pues bien: yo no podía por menos de ver en el cardenal Belarmino algo así como la paternidad putativa o adoptiva del Breviario. El nombre de Belarmino aparece con frecuencia, y no me era dado eximirme de esta idea caprichosa. Por otra parte, yo me había enterado que Belarmino, el zapatero, no era padre, en la carne, de Angustias, sino padre putativo o adoptivo. Él decía profesar la filosofía, pero yo digo que tenía mucho de poeta; así como mi padre, Apolonio, que decía profesar la dramaturgia, tenía mucho de filósofo. Extraña y misteriosa asociación de ideas y sentimientos se fué operando poco a poco en mi espíritu; la poesía del Breviario, la esencia indecible, penetrativa, mareante, que brota de sus melodías y se adhiere para siempre en el corazón donde se derrama, eran la misma poesía y esencia que se exhalaban del alma de Angustias, la niña que en su candor y pulcritud parecía una rosa dilecta del Hacedor Supremo. El Breviario me traía, no ya la presencia espiritual de Angustias, sino también la presencia sensible. El Breviario abunda en locuciones e imágenes de extremada visibilidad y plasticidad, y lo que no residía en la virtud plástica y evocadora del Breviario, lo suplía mi imaginación adolescente. Además, los melodas litúrgicos, enamorados congojosos de la castidad, hacen a menudo grandes gestos de conjuro para ahuyentar las visiones impuras. Estos recios conjuros son, sin duda, de sumo provecho para lustrar y aquietar las almas donde se encierran recuerdos de la propia experiencia impura, en las cuales las imágenes torpes son, o recuerdos materiales, o fragmentos de recuerdos, aderezados y embellecidos por la fantasía. Pero en las almas blancas, vírgenes de experiencias y recuerdos, los tales conjuros, lejos de ahuyentar visiones turbadoras, que no existen, las sugieren. Como ya le he indicado más arriba, los himnos del Breviario nacieron en diferentes períodos de la vida de la Iglesia: unos, al período infantil y mozo, que son los de la Iglesia primitiva; otros, al período adulto y de madurez, y otros, poquísimos, al período senil, que es un período estéril. Como quiera que la substancia de la poesía es, necesariamente, el amor, así también los himnos litúrgicos son expansiones de amor, de un amor sobremanera copioso y ambicioso, puesto que aspira a un objeto absoluto e incorruptible. Se advierte que los himnos de la Iglesia primitiva y moza están inspirados en un amor concebido en el corazón, y los de la Iglesia ya madura, en un amor concebido en la cabeza. Contra lo que piensan y dicen las inteligencias superficiales, es más natural en el mozo ser inclinado al pesimismo y a la desesperación, que no en el hombre maduro, como lo prueban los suicidios, que la mayoría son de personas jóvenes. Chamfort habla de un joven que, a pesar de no tener edad para conocer el mundo, estaba tan triste como si ya lo conociese todo. Liviana observación; pues por eso precisamente estaría tan triste. Para el joven inteligente y sensitivo, el mundo es un caos sumido en lobreguez. El joven posee deseos vastos, quiere poner orden y luz en las cosas, un orden suyo, a la luz que de su propio corazón dimane. Esta luz, luz y lumbre, claridad y ardor, es el amor. Si alguien de fuera, el espíritu malo, extingue esta luz, el mundo se ha derrumbado irremisiblemente. Tal era la psicología de la Iglesia primitiva; tal era la mía, en los cinco primeros años de seminario. Miedo a la tiniebla, al frío caos, al soplo del espíritu malo; deseo desesperado de luz, de calor, de amor. Todos los primeros himnos del Breviario son un clamor continuo y angustioso hacia la luz. Cada vez que yo leía, con el corazón en suspenso: claritas, lux lucis, lux refulgens sensibus, lucis aurora rutilans; claridad, luz de luces, luz que ilumina los sentidos, rutilante luz auroral…, veía en presencia la imagen de Angustias, y exclamaba, con San Ambrosio: os, lingua, mens, sensus, vigor—confessionem personent; que resuene mi confesión de amor en mi boca, en mi lengua, en mi mente, en mis sentidos, con todas mis fuerzas. Cuando leía: Virgo super omnes speciosa, flos, dulcedo; doncella más gentil que todos, flor, dulcedumbre; o como decía Prudencio, aquel esteta de la Iglesia antigua: Thesaurus et fragans odor—Thuris Sabaei ac myrrheus; tesoro, aroma fragante del incienso sabeo y de la mirra…, veía en presencia la imagen de Angustias. Otras veces, cuando leía el conjuro de San Gregorio el Magno a la concupiscencia: Absint faces libidinis—Me foeda sit vel lubrica—Compago nostri corporis; lejos de mí las antorchas de la libidinosidad; que la sucia lubricidad no se asiente en las articulaciones de mi cuerpo…, la imagen de Angustias se me presentaba más linda, cándida y adorable que nunca, y mis brazos, involuntariamente, se tendían para asirla contra mi pecho. Y cuando leía en San Fortunato: Membra pannis involuta—Virgo mater alligat—Et manus pedesque et crura—Stricta cingit facia; de cómo la Virgen madre envuelve en pañales los torpes miembros del recién nacido y le ciñe con vendas las manos, los pies, las piernas…, veía también a Angustias, con un hijo; y mi corazón se derretía de ternura. Preguntábame, en la soledad de mi conciencia; ¿son éstas malicias de Satanás, que me inducen a imaginaciones impías? ¿O son, por el contrario, insinuaciones divinas con que se me hace patente que debo servir al Señor antes como buen casado que como sacerdote melancólico? Consulté con el confesor, el cual respondió afirmativamente a la primera pregunta; eran malicias de Satanás, que yo vencería sin esfuerzo. Sin esfuerzo…. Mi confesor era un santo varón, albino y adiposo, que no tenía ni sospecha de lo que fuese un esfuerzo. Sin embargo, me atuve al consejo y parecer del confesor, sabiendo que la voz de Dios busca a manera de instrumento en donde articularse esas almas huecas y limpias, que son como albogues de madera sana, no obstruídos, resecos, ni agrietados; y me esforcé, ¡con qué frenético ahinco!, en rechazar de mi frente y de mi pecho imágenes y blanduras amorosas. Pero cuanta mayor era mi diligencia, con tanta más insidia, suavidad y mimo me perseguían, me cercaban, me penetraban. Alcancé el ápice doloroso de este estado de espíritu cuando cursaba el quinto año de seminario y primero de filosofía. Acentuóse el malestar a medida que se acercaban las vacaciones. En las vacaciones posteriores a los dos primeros cursos, y aun en las del tercero, Angustias era todavía una chiquilla, y yo, aunque prematuramente apersonado con mi temo de paño negro, un mozuelo. Nada tenía de particular que reanudásemos cada estío la añeja amistad, si bien no tan asidua, porque nos faltaba Celesto, el aprendiz, el cual, al pasar Belarmino a zapatero remendón, había entrado de zagal en una cochera de carruajes de alquiler. A pesar de la separación, el zagal conservaba mucho afecto a Belarmino, a Angustias y a mí. Mi trato con Angustias era del todo inocente. Mi pasión no se me hizo patente hasta el cuarto curso de seminario. Aquel año, al salir del Seminario, hallé a Angustias hecha ya una mujercita. La primera vez que nos cruzamos en la calle, me sentí tan turbado que no acerté a moverme ni a hablarle. Comprendí que me ponía pálido como un muerto. En todo aquel verano no nos dirigimos la palabra. Siempre que nos veíamos, yo me ponía pálido y ella encendida. Y así llegó el quinto año de seminario, nueve meses de martirio; y salí nuevamente de vacaciones. Me espantaba tener que volver a ver a Angustias. Estuve tentado de rogar a la duquesa que me permitiese pasar las vacaciones en su casa de campo, aunque fuera como fámulo; pero desistí en un principio. Y ocurrió que una solterona, llamada Felicita Quemada, que vivía dos puertas más abajo de mi padre, y que cuando niño me solía llevar a merendar a su casa, un día que nos tropezamos en la calle me dijo: «Querido don Pedrito, estás hecho un guapo mozo, un hombre hecho y derecho. Ante todo, no te enojará que te siga tratando de tú. Para mí, siempre serás un niño, aunque te hagan obispo de la ínsula Barataria. Pero, vaya, que eres un mozo garrido. Lástima que vayas para cura, que si no, las niñas andarían detrás de ti despepitadas. Y aun así y todo…, ¿quién sabe? Es decir…, yo creo saber…. Pero, cambiemos de palique. No sé por qué no has de venir por mi casa, como otros años, como siempre. Cierto que yo soy una mujer soltera y tú un guapo galán, y hay lenguas de avispa; pero esto no debe importarnos, porque quien a mí me importa sé que no lo toma a mal, y además eres ya medio cura, y los curas tienen vía libre en todas partes. Conque mañana te espero a merendar….» Y fuí al día siguiente. Aquella mujer era víctima de un amor imposible, y no pudiendo dar feliz término a su amor, se perecía porque todas las demás criaturas del universo se confundiesen en estrecho e indisoluble abrazo amoroso. Su charla era bastante para marear a cualquiera, pero aquella tarde, lo que realmente anduvo a pique de hacerme caer sin sentido, no fué la forma, sino el fondo y asunto de su charla. Aunque muy velado y desmenuzado en minúsculas alusiones, que entreveraba y envolvía entre vanas parrafadas, vino a decirme que Angustias estaba locamente enamorada de mí y que no podía vivir sin mí. Yo no ignoraba que Angustias venía con frecuencia por casa de la solterona, y que a veces dormía allí. Volví por la casa. A cada merienda, la solterona se clareaba más. Un día me propuso que me reuniese allí mismo con Angustias; ella lo prepararía bien y nadie lo sabría. Me negué, en redondo, Dios sabe a costa de cuánto esfuerzo y agonía. ¡Y mi confesor me persuadía que cercenar las inclinaciones amorosas no cuesta ningún esfuerzo! La solterona me replicó: «No te apures, don Pedrito; estoy convencida que tienes verdadera vocación de cura.» Harto comprendía ella mi amor y mi dolor. Prosiguió: «No había mal en lo que te proponía, ni peligro, ya que es tan firme tu vocación religiosa. Era una caridad, una limosna que harías a la pobre Angustias. Sólo con verte de cerca, por última vez, quedaría dichosa para el resto de su vida. Hasta podías inculcarle la vocación, y que se meta monja….» Insistí en mi negativa. Dijo la solterona: «Sea. Cada cual es dueño de sus actos.» ¿Yo, dueño de mis actos…? «Pero lo que hemos hablado no será obstáculo para que de vez en cuando me visites. Yo procuraré que no coincidáis aquí ni por casualidad. ¿Cuándo volverás? ¿El jueves próximo?» Aquel jueves, al salir de mi casa para ir a la de la solterona, vi que entraba en ella una mujer. No es que la viese. Sólo alcancé a ver el vuelo de una falda y un pie que subía de la losa al umbral. Me bastaba. Era Angustias. Salí huyendo, fuera de la ciudad, aldea adelante, andando, andando varias horas, y me encontré en casa de la duquesa. Cuando llegué, me duraba todavía el aturdimiento, la insensatez. Dije a la duquesa que no me hallaba bien de salud y que iba a la aldea a reponerme. La señora me preguntó si había tenido algún disgusto con mi padre. Por el gesto de mi respuesta, la duquesa, que era un lince, presumió la oculta causa. «Pobre Pedrín, hijito—dijo, dándome una palmada en el cogote—; ahora, a pasear, a pescar, a cazar; distráete, embrutécete. No des excesivo valor a las cosas de poca monta. Ya se te pasará esa pequeña enfermedad.» Pero no se pasó. Transcurrió un mes. Iba de vencida el verano. El cielo estaba ya desvaído y triste. En veinte días escasos debía entrar en el Seminario. No pude resistir más. Volví a Pilares y a casa de Felicita. Antes de que ella hablase, me adelanté a decir: «Quiero ver a Angustias.» Respondió la solterona: «Lo esperaba. Tienes un corazón de oro. Vuelve mañana a la hora de la merienda, como de costumbre.» Llegué al día siguiente. Felicita me condujo a su gabinete, cerró la puerta y me dejó dentro. Estaba Angustias en pie. Yo, en pie, a tres pasos de ella. Nos mirábamos sin decir palabra. Brillaban sus ojos con lágrimas; se empañaban los míos. Y nos mirábamos sin decir palabra. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ni sé cómo la hallé ya entre mis brazos; las bocas unidas. ¿Cuánto tiempo? Tampoco lo sé. Había en el gabinete una cómoda; sobre la cómoda, una imagen de la Virgen de Covadonga, con una lamparilla ardiendo. Nos arrodillamos ante la imagen, tomé la mano de Angustias y dije: «Ante la reina de los cielos, te prometo casarme contigo.» Entró Felicita: «Niños, loquines, que ya es tarde. Cada mochuelo a su olivo y cada pollo a su corral.» Yo no quería separarme de Angustias ya en la vida. «Qué súbito es don Pedrito—comentó Felicita—; claro, tiene hambre atrasada. Tonto, ¿de quién es la culpa? Ya lo arreglaremos todo, y de prisita, para que no te consuma la impaciencia.» Sin embargo, yo no quería separarme de Angustias sin llevarme por lo menos un retrato que contemplar en las horas de ausencia. Por fortuna, Angustias tenía en casa un pequeño retrato. Quedamos que se lo traería a Felicita y que ésta me lo enviaría al punto. En días contados (y todos los días nos veíamos), Felicita ideó, maduró y dispuso el plan de lo que habíamos de hacer. Angustias y yo no poníamos nada de nuestra parte; nos dejábamos llevar por Felicita, y en verdad que si grande era nuestro gozo no era menor el de la pobre solterona. Sólo de raro en raro se detenía a murmurar, con acento de quejumbre: «¡Qué envidia me dais, tortolines…! Pero no caigáis en soberbia o egoísmo, que no sois solos en el mundo. También a mí me llegará mi hora; y quizá muy pronto. Cuando Anselmo y yo nos casemos, seremos amigos los dos matrimonios, aunque vosotros pertenezcáis a una clase humilde. Yo no reparo en eso, y no reparando yo, Anselmo no reparará tampoco.» Felicita era de opinión que por las buenas y siguiendo los trámites usuales no llegaríamos a casarnos. Por lo tanto, era menester apelar a un procedimiento rápido y enérgico; nos escaparíamos, pediríamos luego, por carta, perdón y consentimiento a nuestros padres, y a la postre, para evitar el escándalo, todo se arreglaría a pedir de boca. Angustias, por no causar una pena a Belarmino, repugnaba la idea de la escapatoria. «¿Por qué hemos de escaparnos? Se escapan los que han hecho una cosa mala, y nosotros no la hemos hecho. ¿Qué pensará mi padre?», decía Angustias, con angelical mansedumbre. Yo, por la violencia de mi amor, me sentí violento en la lengua: «Nos escapamos, porque es el único camino que se nos abre, y si tú no lo sigues conmigo, es que no me quieres.» «No digas eso», suspiró Angustias, con lágrimas nacientes, que yo acudí a evitar con mis labios. «¡Jesús! ¡Jesús!—chillaba la solterona, en tono burlesco—. Niños, no os pongáis pecaminosos, que me ruborizo y se me alargan los dientes….» ¡Pobre mujer; alma jugosa y generosa, como la vid buena, revestida de un tronco sarmentoso y casi momia! No había inconveniente u obstáculo a nuestra presunta evasión que ella no saliese al paso con el adecuado remedio. Ella nos facilitó el dinero, que yo luego entregué a Angustias; ella nos sugirió la idea de avisar a nuestro fiel amigo Celesto, para que nos proporcionase el carruaje y nos sirviese de mayoral; ella apercibió todos los pormenores; ella, por fin, desinteresada sacerdotisa del amor, vetusta vestal, nos bendijo enternecida, cuando partíamos. ¡Cómo llovía el día de nuestro éxodo feliz! ¡Cómo sonaba el agua a cristal, a campanas de gloria! Era un nuevo diluvio, que anegaba a la humanidad entera; nuestro coche, como el arca de salvación; sólo nosotros sobrevivíamos al universal naufragio, destinados a ser origen de una humanidad nueva. Pronto brillaría el arco de la alianza. A la mañana siguiente, temprano, repicaron con los nudillos a nuestra puerta. Me incorporé. Angustias, blanca y dulce, con el cuello en escorzo, dormía como una paloma. Decía la sirvienta, de fuera del postigo, que unos señores me esperaban abajo. Venían, sin duda, en nuestra persecución, a quebrantar nuestra dicha. Yo estaba resuelto a dejarme matar, antes que entregarme. No tenía armas. Miré en torno. Nada había que pudiese servirme de arma eficaz. La sirvienta insistía desde fuera. Lo que yo más temía era que Angustias se despertase. Me vestí de cualquier modo. Salí a la puerta con intención de sobornar a la sirvienta. Unas manos de hierro, las de aquel bárbaro Patón, el criado de la duquesa, me amordazaron, me sujetaron cruelmente los miembros, me tomaron en vilo, me descendieron a un zaguán, en donde estaban mi padre y el señor Novillo, el cortejador de Felicita, me metieron en un coche…. Y, entretanto, Angustias dormía como una paloma, y acaso soñaba que era feliz. Aquellas manos de hierro no rebajaron un punto su salvaje presión hasta que llegamos a Pilares. Yo era como un inválido, como una cosa inútil y paralítica. El bárbaro Patón me conducía como liviano fardo. Y yo conducía mi pobre vida, mi pobre alma, como otro fardo, pero insostenible, abrumador. Según íbamos en el coche, pensé: «Si yo pudiera morderme con disimulo una arteria y dejarme desangrar, calladamente….» Todo era inútil. Sentía el corazón tumefacto, insensible. Lloré, lloré entonces como flaca mujer, por mi tesoro, que no había sabido defender como hombre; lloré todo el viaje. De camino, mi padre ni el señor Novillo no desplegaron los labios. La duquesa me encerró en un cuarto oscuro, y allí me tuvo la semana que faltaba para volver al Seminario. No podía yo imaginar que me admitiesen en el Seminario, después del escándalo. Mientras estuve encerrado, nadie me enteró de nada. El día primero de curso, la propia duquesa me llevó en su coche al Seminario. ¿Qué había pasado? Andando el tiempo, lo supe. El señor obispo, bajo la influencia de los dominicos y de los marqueses de San Madrigal, quería casarme. La duquesa de Somavia se oponía tenazmente y pretendía que yo continuase mi carrera. Como Angustias había desaparecido, sin dejar vestigio ni presunción de su paradero, finalmente triunfó la voluntad de la duquesa y yo volví al Seminario; otros siete años….
Don Guillen apoyó los codos en las piernas, la frente en las palmas. Hubo un largo silencio. Irguióse y enhebró la interrumpida hebra del discurso: