herida de amor, corre a ungir los santos pies, a lavarlos con llanto, a enjugarlos con la cabellera, a acariciarlos con la boca. Y un día, vendrá así la mujer a quien perdí; en su inocencia, me pedirá perdón, y yo le diré: «Levántate, mujer. Tú eres quien debe perdonarme. Heme aquí a tus plantas.» Así pensaba yo entonces…, y luego…, muchos años. Y he llevado siempre conmigo la imagen de la mujer, la imagen anterior a su desdicha y a la mía; y no pudiendo hacerla mi amada, hice de ella mi hermana.
Después de breve pausa, prosiguió don Guillén:
—Mi primera misa la dije en la casa de campo de la Somavia. La duquesa fué mi madrina. Me regaló una rica casulla, bordada en oro. Entre sus arabescos, muy disimulado, hay un corazón estrujado por una mano; del corazón cae un hilo de sangre, que, retorciéndose, describe una A equívoca. En lo alto de la capilla enarbolaron una gran bandera blanca. Ofició conmigo el señor obispo, por exigencia de la duquesa; pero Su Ilustrísima, que no me había perdonado la antigua calaverada, me envió, apenas ordenado de mayores, a una parroquia rural inhospitalaria: San Madrigal de Breñosa. Allí tenían una hermosa finca los señores de Neira, de donde tomaron pie para el título; pero jamás iban, por lo muy apartado y fragoso de la comarca. Sucedió que a los dos años de estar yo en aquellos andurriales falleció don Restituto; doña Basilisa, la viuda, fué a guardar el luto en las soledades de San Madrigal, y como era muy devota, y oía, antes del desayuno, misa diaria, me nombró su capellán. Era una señora rechonchita, nada fea, en buena edad todavía, muy blanca, y simple que no cabía más. Sus ideas religiosas eran caprichosas, y aun cómicas. Creía que el cielo de los bienaventurados era un teatro, con su escenario y localidades para el público. Su marido, don Restituto, según ella, se había adelantado a entrar en el teatro, para coger buen sitio y reservárselo a su mujercita. Ello es que, olvidándose en seguida de que su marido la esperaba, con un sitio acotado, dió en enamorarse de mí y en dármelo a entender con palmarias manifestaciones. Otra matrona de Éfeso. La cosa no tenía nada de particular, si se tiene en cuenta que el único hombre de traza humana que allí veía era yo; que su marido había sido mucho más viejo que ella; que poseía un corazón muy tierno y dadivoso, y, por último, que el verme vestido con ropa negra y larga, a modo de falda, como ella, le infundía confianza y atrevimiento para manifestarse, a pesar de su natural tímido y cuitado. Ella sabía de mi fuga con Angustias, y debía de calcular que me rendiría fácilmente al amor. Pero yo me di excelente maña para disuadirla. Con fervor y unción retóricos, lo confieso, me las arreglé para convencerla de que fijásemos nuestra mutua relación en un terreno puro y espiritual. No le prohibía que me amase, pues Dios no pide de sus flacas criaturas lo imposible, e imposible es desarraigar los afectos profundos por un mero movimiento de la voluntad; pero le vedaba declararse paladinamente, pues Dios exige que nos sobrepongamos a la flaqueza y a la pasión, y esto sí le es posible a la voluntad. Le hablé yo mismo de aquel gran pecado de mi atropellada mocedad, de lo arrepentido que estaba y de cuán firme era mi propósito de la enmienda. Le di a entender, fingidamente y por proporcionarle algún alivio a sus afanes, que correspondía a su afecto, pero que mi estado sacerdotal me obligaba a poner una venda sobre los ojos de la carne. Yo sería su padre espiritual; ella, mi hija. En confesión, de penitente a sacerdote, podría confiarme las cuitas de su pecho; de mujer a hombre, jamás. Estaba maravillada de aquello que ella reputaba fortaleza y virtud mías, y que no era sino deseo de tranquilidad y de que no me molestara. «Es usted un santo, un santo de veras; el único santo que he conocido», me decía de cuando en vez, mirándome con adoración, las manos en actitud de rezo. Yo comía siempre con ella. Tal vez me contemplaba con ojos lacrimosos de oveja, interrumpiendo la deglución. Tal vez, de sobremesa, alejado ya el sirviente, lanzaba terribles suspiros; pero no pasaba de ahí. Dormía yo también en la finca; pero elegí una estancia holgada y desnuda, como celda, de luz permanente y plateada, mirando al Norte, al extremo de la casona, y más allá de los dormitorios de la servidumbre, por evitar maledicencias. Era señor de mi tiempo, y me pasaba horas y horas estudiando, ya en la gente del campo, ya en los libros. Allí, en contacto con los esclavos de la gleba, se me reveló la gran tragedia de la sociedad humana. Me aficioné entonces a las ciencias sociales, las cuales siguen siendo mi preocupación. Yo he nacido para reformador social. Que la sociedad está mal organizada y ha de cambiar, es evidente. Los hombres tienen derecho a la felicidad; todos los hombres; pero tienen derecho aquí mismo, en la tierra. El estímulo más vehemente y constante, el móvil más poderoso y activo que ha puesto Dios en la conjunción humana de alma y cuerpo, es el deseo de felicidad. Luego si lo primordial humano, por designio divino, es el deseo de felicidad, el hombre tiene derecho a la felicidad. Todas las grandes actividades conscientes (y no digamos de las reflejas e inconscientes) se engendran de aquel móvil fatal e ineluctable, el deseo de felicidad: la religión, la moral, el derecho, el arte, la ciencia. Todas estas actividades conspiran desde su origen a perfeccionar la sociedad, con el fin de alcanzar últimamente el máximo de felicidad para el máximo de individuos, si bien, por deficiencia humana, todos los ensayos de organización, hasta ahora, se han hecho a base de una manera de felicidad limitada y mediante uno solo de aquellos grandes órdenes de actividad consciente, con preferencia y preterición de los otros. La Iglesia nació como un ensayo de organización para la felicidad. En las epístolas de San Pablo vemos, sin posible interpretación en contrario, que el apóstol se creía inmortal, que cuantos profesasen en la fe de Cristo se harían inmortales, y que el Salvador volvería a establecer el reinado de la felicidad sobre la tierra para sus fieles, lo que él llamaba la Parousia; y como lo predicaba el apóstol así lo creían los secuaces. Pero sucedió en Tesalónica que algunos de los convertidos se murieron, con lo cual los cristianos tesalonicenses movieron grandes motines, llamándose a engaño; y lo mismo los de Éfeso. El apóstol vió al cabo que él y todos los cristianes tenían que morirse; pero como no podía renunciar a la felicidad, decidió que no se moría sino el cuerpo, y que el espíritu, inmortal, penetraba en el reinado de Cristo, en la Gloria. Así, la Iglesia de los primeros siglos fué una dulce y baldía anarquía, un ensayo de organización para obtener la felicidad después de la muerte. En aquel ensayo de organización para la felicidad fueron menospreciados o preteridos los órdenes de actividad consciente distintos del religioso: el científico, el artístico, el político, y muchas veces el moral. Nuestra organización social al presente, esto que dicen la sociedad capitalista, es otro ensayo de organización para la felicidad, a base de dos órdenes de actividad, el político y el científico, con menosprecio y preterición de los otros. Es un estado de anarquía cruel y productiva, así como la Iglesia primitiva era un estado de dulce y baldía anarquía. El socialismo, mayorazgo del capitalismo, pretende ser un ensayo a base solamente de actividad científica. Todos los ensayos de organización para la felicidad, hasta ahora, han sido ensayos fracasados; aunque todos diferentes, tienen de común entre sí que en el fondo de todos ellos late una anarquía disimulada, vergonzante, cohibida. Aunque parezca paradoja, ¿no será tal vez la anarquía la única organización posible para la felicidad? El día que todos los órdenes de actividad consciente, incluso el político y jurídico (por el cual yo no entiendo el arte de gobernar, sino el de vivir en comunidad, sin estorbarse ni dañarse mutuamente), alcancen su plenitud y autonomía, y entre sí se armonicen sin menoscabarse ni lastimarse, ¿no resultará una organización espontánea de perfecta anarquía, libertad absoluta e insuperable felicidad terrena? Bien. No es pertinente que le exponga aquí todas mis ideas sociales. Ello es que allá, en San Madrigal, pensaba yo a veces: «si yo tuviera medios de fortuna, hacienda bastante, para ensayar una comunidad de hombres felices, en lo posible, una experimentación social, como otras que se han hecho, pero aleccionado por los errores de los demás». Cuando he aquí que, un día, la viuda me suelta, como ducha de agua fría, que tiene la intención de dejarme heredero universal; cerca de dos millones de duros. Desde luego no supe qué decir; pero, a poco, Dios me concedió bastante serenidad y reflexión para responderle: «Señora: le agradezco, con emoción no traducible en palabras, su generosidad; generosidad que no acepto, ni aceptaré, no tanto por mí, cuanto por usted y su buena memoria. Se pensaría que la índole de nuestras relaciones me había acarreado esta prueba póstuma de su amor de usted hacia mí.» Y doña Basilisa, tan bobalicona siempre, habló, excepcionalmente en aquella ocasión, con cierta elocuencia y buen sentido: «Lo que digan los juzgadores temerarios, allá ellos con su conciencia. La mía está tranquila y confiada ante Dios, que ve el secreto de mis intenciones. No es esto dádiva de amor, no; ni siquiera premio a su santidad y virtud, sino muestra débil del agradecimiento con que usted me ha obligado, por haberme persuadido a guardar mi virtud y servido de guía en el áspero sendero del bien. Cuando me junte con mi Restituto, en el celestial coliseo, estoy segura que lo primero que me va a decir es: no creas que ahora aplaudo la afinación de los divinos coros; lo que hago es aplaudirte por lo que has hecho.» Sin embargo, yo me negué a aceptar la herencia, a no ser con una condición: que constase en el testamento que me dejaba su fortuna al modo de fideicomiso para que yo la emplease en aquellas empresas y obras de utilidad y beneficio del prójimo que yo juzgase conveniente. Y en eso quedamos. A los siete años de estar yo en San Madrigal murió la duquesa de Somavia. La asistí en sus últimos momentos. Hasta el mismo punto de morir no perdió la alegría ni el desparpajo. En medio de la pena y el llanto que nos causaba verla morirse nos hacía reír con sus salidas. Yo siempre había creído que tenía el pelo muy ensortijado, y era que se lo rizaba todas las noches, mechón a mechón, enroscándolos en unos rollitos de papel, que luego extendía a entrambos cabos, a modo de blanca mariposa. Todas las noches, en su lecho de muerte, hacía que la doncella le aderezase el cabello, poniéndole aquella especie de mariposas, que al día siguiente conservaba durante todo el día. Hacía un efecto muy chusco. Pues así se murió; con la cabeza cubierta de mariposas de papel. Como yo la mirase con sorpresa, al verla por primera vez en aquella guisa, ella, con sus graciosas despachaderas, me dijo: «¿Qué miras ahí, papanatas? ¿Es que nunca has visto una mujer en la cama y sin vestir? ¿O es que te parece mal que las viejas cuidemos de sostener y realzar los restos de belleza que nos quedan? Y no vayas a figurarte, ya que como cura serás malicioso, que sois como mulas resabiadas, y los resabios del mal pensar los habéis adquirido en el confesonario, en donde de la gente no aprendéis sino lo malo y lo feo, y eso que no os lo dicen todo; no vayas a figurarte que me pongo estos moños por vanidad; ¡a buena hora…! Lo hago por decoro, y por algo más. El primer deber de los decentes y bien nacidos es atender al decoro de su persona. Y además lo hago, y lo he hecho toda mi vida, por imponerme una obligación molesta, ya que ninguna otra tenía; un acto de paciencia y disciplina, una mortificación, como vosotros decís. Quiero morirme con los papillons sobre mi cabeza, y cuando el alma se escape de mis labios, que todas estas mariposas la lleven, revoloteando, más ligera al regazo de Dios Padre, que me crió Beatriz Valdedulla, y me sostuvo toda la vida Beatriz Valdedulla, y me aceptará en su eterna misericordia como Beatriz Valdedulla; porque ¿yo qué culpa tengo de ser Beatriz Valdedulla?» Sólo con recordar estas palabras me conmuevo. Una mañana, el día antes de entregar su alma a Dios, en presencia del duque, me dijo: «Don Pedrito, hijo mío; te quiero casi casi como un brote de mi sangre. Pero como las palabras son como moscas, que no se dejan atar por el rabo, he querido dejarte algo de más substancia que la palabra de mi cariño, y por intermedio del duque, mi marido y señor, que tiene mucha mano con el Gobierno, te he conseguido una credencial de canónigo en Castrofuerte. Una canonjía, digan lo que quieran, no es gran cosa. Si yo viviese más años te verías obispo. Lo que yo no he podido hacer, tú, con tu maña y despejo, lo conseguirás. Me voy de entre vosotros con un grande reconcomio y desazón, y es por tu padre. Bolonio debiera llamarse, que no Apolonio. Sus asuntos ya no tienen arreglo. Al duque y a ti os recomiendo que cuando le veáis en la calle, y esto tiene que venir necesariamente, le busquéis un asilo, y allí le enviéis aquellas cosillas imprescindibles a su vanagloria, sin las cuales no podría vivir.» Antes de morir, se expresó de esta suerte: «Duque, has cumplido mal como casado; pero te perdono. Pido tu perdón, si en algo te falté, que habrá sido involuntario. A ti, hijo mío muy querido, nada tengo que perdonarte, que soy de opinión que los hijos no tienen deber alguno para con sus padres, y sí sólo los padres para con sus hijos. Si algún día la vida te pesa demasiado, perdóname; que yo quise darte una vida amasada con dichas y venturas. A ti, Facundo (estaba presente el obispo), ¡cuántas veces te llamé mastuerzo, sin más razón que es verdad que lo eres…! Pero ya sabes que te he estimado, que jamás te perjudiqué a sabiendas; antes por el contrario, te favorecí en lo que pude, y hasta te admiré en una ocasión, que quizás hayas olvidado. Perdóname lo de mastuerzo. A ti, Pedrín, te digo algo como a mi hijo; si alguna vez sientes una carga en la vida, por mi culpa, perdóname; otra era mi intención. Perdónenme todos a quienes haya ofendido o causado dolor. Y tú, Señor mío Jesucristo (besando el crucifijo), ya sé que me perdonas, como perdonas a todos en tu infinita bondad, que si no fuese así llovería fuego sobre la tierra, por lo menos, cada diez minutos. Hasta luego, vosotros; que la vida es breve. Hasta ahora, Señor mío Jesucristo.» Murió como una santa. Era una santa a su manera, pues hay muchas maneras de ser santo. Yo he observado que en el mundo hay muchísimos más santos de lo que ordinariamente se piensa. Es más: yo creo que el mundo anda tan mal porque hay demasiados santos; porque la gente, en general, es demasiado bondadosa y resignada. Pero dejémonos de glosas. Murió la duquesa. Yo pasé de canónigo a Castrofuerte, y allí llevo vegetando hace algunos años. Doña Basilisa me sigue escribiendo cartas frecuentes, prolijas y tiernas. Dice que, últimamente, anda quebrantada de salud. De la herencia nada me dice. No sé si continúo siendo su presunto heredero, o si algún fraile, que sé que la visitan en San Madrigal, le ha socaliñado la herencia para su Orden. Mi padre y Belarmino, éste ya viudo, están en un asilo, como la duquesa predijo. Quise que viviese conmigo, y le llevé a mi casa, en Castrofuerte, por una temporada. Pero era de todo punto imposible. En primer lugar, hacía el amor a todas las criadas de la vecindad, y en cierta ocasión hizo publicar en un periódico local una declaración amorosa, en verso, a la señora del alcalde. Además, contraía tales deudas, que mi módico estipendio canónico no nos bastaba para vivir. En conclusión: que, pesándome mucho, hube de mandarle nuevamente al asilo. Le envío allí a mi padre aquellos regalitos a mi alcance que la duquesa me encomendó. El que ahora tiene en Pilares un gran bazar de calzado mecánico y porradas de dinero es aquel Martínez, antiguo oficial de Belarmino. Por cierto que en el mismo asilo de caridad que mi padre y Belarmino está recogido un usurero apellidado Bellido, causante de la ruina de Belarmino; se arruinó a su vez en la famosa quiebra de la banca Hurtado y Compañía[1]. Rarezas del destino.
[Nota 1: La pata de la raposa, novela de R. Pérez de Ayala.]
Y don Guillén quedó con ojos vacantes, como dicen los ingleses, tan expresivamente; con ojos vacíos, ciego para las cosas ambientes, y acaso enfilando una perspectiva interior y remota de recuerdos inmóviles. Hablando él y yo escuchando, las horas nocturnas, de negra clámide, se habían ido alejando armoniosamente; las horas matutinales danzaban ya en los umbrales del día, y un revuelo de sus túnicas color violeta penetraba por la hendedura de nuestros balcones; la aurora, con dedos de rosa, golpeaba silenciosamente en el vidrio de nuestras pupilas. Ante el suave llamamiento de la luz del cielo en sus ojos, don Guillén exclamó:
—Ya es sábado de gloria; ya es pascua florida. Los almendros están vestidos con un velo rosado y los pomares con un velo de nieve. Dentro de poco resonarán las alegres campanas en toda la cristiandad. Cristo va a resucitar:
Sat funeri, sat lacrymis. Sat est datum doloribus,
canta el laude pascual; no más duelo, no más lágrimas, no más pesados dolores. Y dice la voz inaudible de los coros angélicos: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.» Todo es paz y todo es contento en el valle de lágrimas. Los hijos de Dios se abrazan y besan en la mejilla, murmurando: «Salud, hermano; salud, hermana; el Señor sea con nosotros.» Y tú, hermana mía—prosiguió, tomando en sus manos el joyel con el retrato y mirándolo con el rostro descompuesto por la piedad y la amargura—, ¿dónde estás, en qué oscura mazmorra te encerré, a ciegas, que no doy con la entrada, aunque sangran mis pies de tanto caminar y mis manos de tanto tropezar a tientas?
Te busqué, y no te he encontrado; te esperé, y no has venido. Mi alma estará triste hasta la muerte; muertos mis oídos a las campanas de resurrección; muertos mis ojos a los colores de primavera.
Yo, naturalmente, juzgué espontánea, sincera, y, por lo tanto, lícita en la ocasión, la pequeña expansión retórica de don Guillén, y apenas concluyó y dejó caer con abatimiento la cabeza, dije, sin vacilar un segundo: