Se detuvo, temblando.
—¿Está usté loco, señor? ¡Ay, Dios mío, ten piedad de mí!
Yo tiré de ella, escaleras arriba.
—Ven conmigo, mujer.
—¡Virgen de Covadonga! Gritaré, aunque se arme un escándalo y me lleven a la delegación—y se detuvo, con firmeza.
—Angustias, no sea usted niña—dije, comenzando, sin darme cuenta, a tratarla de usted—. ¿Cómo puede creer que trato de hacerle mal? Al contrario: la llevo hacia la dicha, al encuentro de alguien que usted espera volver a ver hace varios años.—La cerilla con que nos alumbrábamos me quemó los dedos. Pronuncié una exclamación adecuada, al arrojar la cerilla al suelo. Quedamos a oscuras. Angustias se acercó a mí, medrosa. La sentía tiritar, con miedo del corazón.
—Déjeme usted escapar, huir—suplicaba—. ¿Cómo me atreveré a presentarme delante de él? Lo sabrá todo ya. Usté mismo se lo habrá contado. Me escupirá. Me arrojará lejos de sí, y con razón. Luego, el Tirabeque nos vendrá siguiendo; me matará a mí y le hará a él un chirlo en la cara.
—Ea, Angustias. No nos cuidemos del Tirabeque. Don Pedrito espera a usted. ¿Quiere usted acudir? ¿Quiere usted salvarse?—murmuré con impaciencia, a tiempo que encendía otra cerilla.
¡Qué cara la de Angustias: infantil, contraída, atormentada por un dolor oscuro, apenas consciente!
—¡Quiero salvarme! ¡Quiero salvarme!—dijo con voz sollozante, agarrándose desesperada a mi brazo, como a tabla de salvación.