Alberto, exasperándose progresivamente, no apartaba los ojos del rostro de la niña, descifrando su lenguaje mímico. Pero la respiración de Meg, rápida y anhelante, y el agitado movimiento del frágil torso eran cosas que no existían para él. El gesto de reprobación irónica con que Meg recibió la palabra pipi, aprendida por Alberto en las noches orgiásticas de la vida libertina madrileña, y pronunciada ahora involuntariamente, le enfureció más aún en su interior. Sin freno ya, refirió descaradamente su espionaje y el hallazgo de las cartas. En este punto de su discurso, hubiera sido un gran alivio para él, y así lo deseaba con toda vehemencia, que Meg replicara ofendida, echándole en cara la bajeza de su conducta. Pero Meg no desplegó los labios; sus ojos seguían bañados de alegría misteriosa y la piel de los pómulos estremecida. Entonces Alberto la oprimió un brazo, con bárbara violencia, á tiempo que, acuñando las sílabas, pronunciaba una palabra soez. Retrocedió, espantado de sí mismo, llevándose las manos al rostro. Meg rompió á llorar. Y lloraba de alegría. Entre las lágrimas suspiraba:

—¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!

—¿Eh? —interrogó Alberto, atónito, dejando caer las manos á los lados del cuerpo.

—¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!

Arrebatadamente, Alberto fué sobre Meg, la tomó por las sienes y aproximándose hasta casi unir las frentes, buceó en los ojos verdiclaros hasta desentrañar los últimos limbos de aquella profunda alma femenina.

—¿Te quiero? —preguntó Meg con desmayado soplo.

—Sí.

Oyóse la voz de Nancy:

—Meg; ven un momento.

Alberto quedó á solas. Su sér, convulso y descompuesto poco antes, había sufrido nueva trasmutación. Disipáronse, como por arte de encantamiento, la lumbrarada y humareda que le habían abrasado y desvanecido los últimos días. La balanza se había rendido del lado de la liberación. Había llegado prematuramente á una convicción, cuando su ímpetu sensual y su desconcierto espiritual no habían cuajado aún en sentimiento de raíces duraderas. Muerta la incertidumbre, muerta la zozobra, muerta la ansiedad, muerta la esperanza, muertas todas las potencias misteriosas que presiden al nacimiento del genuino amor. Ahora, sólo sentía por Meg un á manera de interés ético ó afecto maternal. La alegría de sentirse otra vez en imperio de sí propio, se acibaraba con la compasión que le inspiraba Meg. Accidentalmente, tomó el libro que la niña había dejado sobre la hamaca y lo hojeó al azar. Era una antología de poetas norteamericanos. Sus ojos fueron á posarse en un poema de J. G. Whittier[2]; Telling the Bees.