ESEABAMOS ARDIENTEMENTE ver al señor Morano. Desde que este actor comenzó su temporada en el teatro de la Princesa, aguardábamos la solemne coyuntura de su presentación al público; pero esta solemne coyuntura se dilataba día tras día, y no llegaba nunca. Cierto que el señor Morano estuvo saliendo al tablado histriónico durante muchas noches seguidas, representando un buen número de piezas teatrales. Y, sin embargo, no hacía su presentación de actor ante el público. Expliquémonos. La primera parte de la temporada del señor Morano se compuso de un repertorio naturalista. Y empleo el término naturalista, no por exacto y expresivo, sino por acostumbrado. Seguíamos, a través de la Prensa, la temporada del señor Morano. Leíamos, en son de sumo encarecimiento, que tal o cual obra representada por el señor Morano, era un prodigio de naturalidad; que en ella las personas dramáticas se producían y hablaban como en la vida misma; que el señor Morano se producía y hablaba en ella como en la vida misma. Este linaje de encarecimiento no es de naturaleza a propósito para sacudir nuestra acidia y atraernos hacia un teatro; antes al contrario, nos mueve a rehuirlo. Porque la vida, eso que los gacetilleros llaman la vida misma, es de tal condición que no exige que nos desatemos en buscarla, sino que ella viene a nosotros, y por todas partes nos estimula, nos cerca y nos saca de nosotros mismos. Esto quiere decir que no vale la pena arrostrar todas las irritaciones y molestias que lleva aparejado un espectáculo público—la pesada romería por el empedrado madrileño, la atmósfera sofocante y fétida del teatro, la exigüidad del asiento, la tortura de vecindades enojosas, la longitud de los entreactos, y mil más—; digo que no vale la pena arrostrar todo esto para ver a la postre lo que a todas horas estamos viendo. Una vez yo tenía un portero muy impertinente. Hubiera pagado por no verlo delante. En la misma casa vivía un actor cómico, el cual tomó de modelo al portero para una de sus obrillas. Y resultó que, habiendo ido yo, por casualidad, al teatro en donde se representaba la obrilla, hube de pagar por ver una mala copia del original aquel que, por no verlo, yo hubiera pagado con gusto. Tales son las desagradables paradojas del teatro naturalista. Teatro naturalista que, por lo mismo que así se llama, es el menos naturalista, pues de todas las afectaciones la peor es la afectación de naturalidad.
Cortamos aquí estas consideraciones sobre el naturalismo, porque el asunto es de tanto momento que sobre él hemos de volver con insistencia. Como que el problema del teatro contemporáneo, y más en general aún, del arte contemporáneo, estriba en concluir con el absurdo de lo que se llama naturalismo, mal llamado.
En resolución, y es a lo que íbamos, que el señor Morano ha estado representando, en la primera parte de la temporada, obras que pudiéramos denominar en zapatillas, obras en que el comediante anda por la escena como andaría por su casa. En estas obras, al actor no se le exige que sea propiamente un actor, sino que siga siendo en público como es en la vida privada. En este sentido el señor Morano dilataba la coyuntura de presentarse al público como tal actor. Lo que estuvo haciendo fué simplemente presentarse como don Francisco Morano, caballero particular, de maneras mejores o peores, y desde luego muy señor nuestro de toda nuestra consideración, claro está que extramuros o a lo más en los aledaños del arte escénico.
Sobre las cualidades físicas
Para la presentación del actor es fuerza que haya una obra en que el actor incorpore el carácter—la manera íntima de reaccionar ante la realidad—de un hombre y no como acontece en el teatro llamado naturalista, que el actor se reduce a mostrar las maneras externas de un individuo social.
Se anunció Hamlet. Acudimos al teatro a ver al señor Morano como Hamlet. Era la primera vez que veíamos al señor Morano. Ansiábamos recibir de su arte, acoplado al de Shakespeare, las emociones más puras y elevadas. Habíamos leído que era un magno y genial actor, y solemos fiar en la opinión ajena.
Apenas apareció ante nuestros ojos el señor Morano y emitió las primeras palabras, echamos de ver la imposibilidad física en que se halla para ser un gran actor. Para esto se requiere cierta dignidad corporal, cierta relación clásica de proporciones en los miembros y ciertas cualidades fisiológicas en la voz. No van tan lejos estos requerimientos que se pida al actor hermosura y perfección de rostro y cuerpo tan cumplidas como las de aquel Milón de Crotona, a quien los griegos elevaron a la jerarquía de semidiós en razón de su belleza Basta con la relación clásica de los miembros; esto es, que la cabeza sea pequeña, el cuello elevado, hombros anchos, cintura enjuta y sin vientre, caderas angostas, brazos y piernas en buena medida y robustez. Basta con la dignidad corporal; esto es, actitudes mesuradas y siempre conformes a un cierto compás. Basta con que la voz sea plástica y emotiva. El señor Morano tiene la cabeza evidentemente voluminosa, defecto que se acusaba con señalada comicidad en Hamlet, a causa del hiperbólico pelucón que se había encasquetado. Es cuellicorto, de vientre asaz rotundo y piernas harto frágiles, dada la corpulencia del torso. Su pergeño en Hamlet evocaba más bien el recuerdo de Cuasimodo. Ello podrá corregirse y disimularse con malicia y fáciles recursos de tocador y guardarropa. En cuanto a la dignidad o prestancia de la figura, el señor Morano parece no conceder atención a esta circunstancia; sus movimientos son siempre descompasados y violentos. Y, sin embargo, no es posible olvidar que el teatro tiene estrecho parentesco con la escultura, ya desde sus orígenes. Las figuras en la escena querían los griegos que se agrupasen con un orden escultórico, equilibrado y armonioso, al modo de un friso en relieve exento. El actor debe tener presente en todo punto que sus actitudes sean en alguna manera un tema escultórico. En cuanto a la voz, el señor Morano peca por exceso. No es voz, es un vozarrón. Este volumen sobrado de la voz trae consigo consecuencias bastante penosas, así para el usufructuario del susodicho vozarrón como para el espectador paciente; tales son: la falta de gracia y agilidad en la dicción, porque es evidente que no se pueden hacer juegos malabares con un colchón; la proclividad o propensión al bramido, que en jerga teatral se denomina latiguillo, con que tan cómodamente se agitan el entusiasmo de los cándidos y las manos de esos cuadrumanos de la claque, pues por el ruido que meten se dijera que aplauden a cuatro manos; el traumatismo auditivo del espectador, y otras no menos penosas. La cantidad de voz del señor Morano es copiosa con exageración. La calidad es fría, apática e incolora; el timbre, mate y oxidado. Por fría, es voz que puede servir para expresar superficies del carácter, apariencias y externidades, como la violencia, la petulancia; pero no discretos y púdicos caudales recónditos; por ejemplo, la ternura. Por apática, se manifestará a veces con energía puramente mecánica, pero sin pathos, sin pasión comunicativa, que es la sustancia del drama. Por incolora, es árida en los recitados descriptivos. Se creerá que el sugerir con palabras emociones que afectan a los ojos corresponde al autor y no al actor dramático. Y es un error. Esa virtud sobrenatural (más allá del naturalismo) reside en la calidad de la voz, en sus aleaciones de tono, modulaciones y vibraciones. He aquí un caso, por vía de explicación. Cuando, en el segundo acto de El alcalde de Zalamea, Pedro Crespo se acerca a una ventana y ve alejarse a su hijo, rumbo a la guerra, Calderón no pone en labios del alcalde descripción ninguna de paisaje, sino consideraciones breves dentro del orden de los afectos humanos; que el padre no se halla a la sazón en estado de moverse con la admiración estética del paisaje. Pues bien: don Enrique Borrás habla en aquellos momentos de tal suerte, que el espectador cree contemplar el ancho paisaje por donde camina el hijo de Pedro Crespo, y así, a la emoción lírica de la situación se añade una emoción compleja de carácter pictórico. Por lo que atañe al timbre de la voz, el ser mate, oxidado como de esquilón hendido, le quita otra emoción complementaria, la de musicalidad. En suma, el señor Morano tiene facultades laríngeas, pero le falta voz dramática. Es como un navío con mucho trapo, pero sin viento.
La escuela