Ahora bien: la aptitud de hombre moderno, así para la universalidad como para el cosmopolitismo, es mucho mayor que la del hombre medioeval o el antiguo. El estudiante en la Edad Media, para aprender medianamente algo, era fuerza que azotase muchas leguas de mal camino, trashumando de Universidad en Universidad, desde Salamanca a Bolonia, de Oxford a París. Y el anheloso de leer a Dante, debía también arriesgarse en aventurada peregrinación hasta topar con un manuscrito, pues entonces no había libros impresos. Igualmente, el deleitante del cosmopolitismo necesitaba estar animado de ansia migratoria y gran ánimo andariego, que es fundamental requisito en cuestiones de novedad ser los primeros en adoptarlas o en propagarlas, y si los hombres cosmopolitas de entonces aguardaban en su rincón a que las novedades acudiesen a ellos, jamás se hubieran salido con el gusto. Hoy, dichosamente, universalidad y cosmopolitismo se nos entran por las puertas sin que nos afanemos en perseguirlos. Todos somos un poco cosmopolitas, de grado o a regañadientes. Pero los hombres universales se cuentan por los dedos.

Don Juan es un hombre universal, por el carácter, en cuanto representa algo sustancial al sexo masculino, y que se halla más o menos desarrollado, acaso latente, tal vez activo, en todos los hombres. Además, es Don Juan un cosmopolita. Si Don Juan hubiese visto la primera luz en nuestros días, su cosmopolitismo no sería de notar mayormente. Pero, por los años en que Don Juan salió al mundo, cosmopolita era sinónimo de aventurero.

Fray Gabriel Téllez, en su Burlador de Sevilla, no nos presenta a Don Juan en la ciudad del Betis, sino en Nápoles, dándonos a entender, ante todo, que Don Juan es hombre inquieto y trotamundos, amigo de refrescar los ojos con visiones de gentes y lugares desacostumbrados y de gustar las rarezas y amenidades de lejanos parajes. Posteriormente al de Tirso, todos los Don Juanes han sido cosmopolitas y avezados viajeros.

El Don Juan de los Quintero, como hombre nacido en estos tiempos de cosmopolitismo inexcusable, suponemos—aunque los autores no nos lo dicen, y en puridad huelga que nos lo digan—que será ni más ni menos cosmopolita que la mayor parte de los caballeretes de la clase media madrileña. Irá de cuando en vez a ingurgitar té al Ritz; conocerá algún paso de tango argentino o de fox-trot; usará impermeable inglés; jugará al bridge; comerá macarrones... Pero la nota cosmopolita acusada no puede faltar en una obra dramática sobre Don Juan. Los Quintero se han dado cuenta de esta circunstancia. En Don Juan, buena persona, hay un episodio en el cual los autores rinden tributo al obligado cosmopolitismo de Don Juan. Se reduce a una escena, y es bastante, ya que dicha escena no peca de sobriedad excesiva, antes al contrario. Ello es que inopinadamente se presenta en el bufete de Don Juan una dama griega, nada menos, nacida en Creta, y por ende coterránea del gran pintor Theotocópuli, según se dice en la obra ¡ahí es nada! Se llama Helia, nombre con que tal vez los autores han querido denotar o sugerir la especie sutilísima y casi etérea de la dama, feminizando ese gas novísimo que en opinión de los técnicos resolverá la navegación aérea, el helio. En las acotaciones de su comedia los Quintero escriben: «Aunque griega, se expresa bien en castellano», observación que nos trae a la memoria el celebérrimo dístico de la zarzuela Marina:

Mi madre, aunque está impedida,
la pobre te quiere tanto...

No sabemos por qué los griegos no han de expresarse tan bien, si no es por excepción, en castellano, como los ukranios o los esquimales, por ejemplo. Y añaden: «pero conserva en su pronunciación un dejo extranjero». Vea usted qué rarezas le sucedan a esta señora, sólo por ser griega. Nosotros creíamos que esto mismo les sucedía a todos los extranjeros. Pero ¿se negará que todo ello contribuye a insinuarnos una exquisita emoción de exotismo? Don Juan había tropezado casualmente con esta dama semigaseosa («toda luz y espíritu, como si no fuera de carne humana», al decir de Don Juan) algunos años antes, en el Monasterio de Piedra. A pesar de ser luz y espíritu, había elegido para consorte a un «hotentote» (el calificativo es del propio Don Juan) y todo porque era muy rico. Don Juan, acechando un momento en que estaba sin su marido, se coló en el aposento de la dama. Oigamos a Donjuán: «Tenía yo veinticinco años en aquella fecha. Era un poco caballero andante» ¿Don Juan, caballero andante? «Tembló al verme, se estremeció como una luz.» Se ve que Don Juan entró bufando. «Caí a sus plantas, y le dije: Señora, si usted quiere la libertad, yo estoy pronto a dársela. Palideció, lloró... se dejó caer en mis brazos. Sentimos entonces al hotentote que llegaba, salté por la ventana al jardín... y hasta ahora.» Pues vaya con las caballerías andantes de Don Juan. Claro que la responsabilidad de esta desairada evasión no les corresponde a los Quintero, sino al fanfarrón de Don Juan, que solía mostrarse valiente hasta lo descomunal frente a los muertos; pero con los vivos, sobre todo si eran esposos ofendidos, prefería rehuir el encuentro. Años después, como acabamos de indicar, la señora Helia acude al bufete de Don Juan, con intención paladina de consumar aquella aventura que se había quedado a media miel. Por razones que no viene al caso puntualizar, la aventura se frustra nuevamente, y no pasa de un prolijo coloquio platónico, con sus pujos poéticos.

Algunos censores severos motejan de ridícula y cursi esta escena, insistiendo sobre la vieja y generalizada opinión de que cuantas veces los Quintero se ponen líricos y sentimentales cometen pifia y dan que reír, más que conmover. Que las facultades poéticas de los Quintero son de cierto orden subalterno y poco a propósito para afectar a los espíritus adultos y exigentes, estoy conforme. En lo que discrepo es en lo atañedero o esta escena. Yo me figuro que los Quintero, a sabiendas, han insertado en su obra esta escena, un tanto cuanto cursi, volviendo irónicamente por pasiva aquello de Mahoma: «pues la montaña no viene hacia mí, yo voy a la montaña», y ya que el Don Juan contemporáneo, aburguesado y fondón, no va a Grecia, como lo hubiera hecho el arriscado Don Juan clásico, que Grecia venga hasta Don Juan, encarnada en una pobre señora, que, aunque griega, se expresa bastante bien en castellano, pero con cierto dejo extranjero, y todo lo que sabe de Grecia se reduce a conocer su paisanaje con el Greco; no obstante lo cual, el infeliz Don Juan, ebrio de exotismo y cosmopolitismo, imagina estar corriendo la más exquisita, romántica y extraordinaria

aventura. Y los espectadores, contemplándole
con tierna conmiseración, adivinamos
confusamente que todos los Don Juanes
han sido unos infelices, unas buenas
personas, a pesar de sus
diabluras, follonerías,
arrogancias y
desatinos.