Verónica no necesitó más. Salió al medio del gabinete, recogió un poco la falda sobre los riñones y gritó con repentina vehemencia:
—¡Venga de ahí!
Alberto tarareó un tango, luego un garrotín, y cuando observó, como ya preveía, que Verónica había perdido el seso, como una bacante, y entregádose por entero a la emoción del baile, cantó sonatas de Mozart y Beethoven, trozos de Wagner y Brahms: cuanto se le vino a las mientes. Verónica danzaba sin tregua, como poseída sucesivamente de todos los sentimientos primarios de la raza humana, en su auténtica simplicidad y energía, la ira, el terror, el éxtasis, la alegría, la pena, la lujuria, y todos ellos cuadraban bien con el aire de la música; Verónica los estilizaba, no solo con la expresión del rostro, sino también con todos y cada uno de sus miembros. Paró Alberto y Verónica se detuvo en seco.
—Bueno, chiquillo, por esto no puedes juzgar, porque la verdá es que maldito si sé lo que hice. Esto fue una improvisación. Tienes que verme con música, ¿sabes? —y se enjugó la húmeda frente.
—Bailas muy bien, Verónica, porque bailas por placer y no por vanidad; porque te olvidas de lo que haces y no te ofreces en espectáculo; porque bailas como si te fuera necesario bailar por bailar y no por encandilar hombres de dinero.
—Eso es la chipén, chiquillo: bailo porque me sale de dentro.
—Y sobre todo bailas bien, porque bailas bien. Tú serás una gran bailarina.
—¡Quita allá, chalado!
—Por lo pronto, ¿te atreves a debutar dentro de dos o tres días?
—¿Qué dices?