—Pero, ¿y el traje, Alberto?

—No te preocupes; yo me encargo de él.

—Si no tienes un cuarto.

—La empresa te lo pagará; quiero decir que yo te diré cómo has de vestirte.

—Cabalito; luego salgo al público, me da un soponcio y adiós Madrid.

—No te dará soponcio. Tú baila, y baila con toda tu alma, como David delante de Dios.

—¿El rey David? ¿El que dijo...?

—El mismo.

—¿Y era bailaor?

—A ratos.