—A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que me mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un amigo. Ya sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con ninguno. De manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con la condición expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una palabra de aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso, digo, me acompañas. Si no, te puedes ir al guano, y buen desengaño me llevo, que siempre te tuve por un buen amigo.

—Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados.

—Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres venir?

—Te he dicho que sí, Verónica.

—Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el diablo las entiende...

—Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto.

—Eres un barbián. Choca acá esos cinco.

—Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí van los cinco.

Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado viaje, permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó las cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo:

—Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica, porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto.