[CAPITULO LXXXI]
DE LOS ANDES DEL CUZCO Y COCA
Muchas cosas hacen á esta ciudad muy rica: los muchos indios de repartimientos; los que tiene en contorno del pueblo; la contractacion de los mercaderes; pero lo que más le enriquece es la contractacion de la coca, que comen los indios; esta coca es un arbolillo pequeño que no se levanta del suelo cuando mucho una vara, las ramas delgadas, la hoja casi como de zumaque, aunque es más ancha; otra hay más pequeña, pero désta no tractamos. Esta coca no se da sino en tierra muy cálida y lluviosa; siémbrase á mano; tres ó cuatro jornadas del Cuzco, hay una tierra llamada los Andes, donde hay estas chácaras de coca, con las cuales los vecinos y muchos otros han enriquecido, porque se sacan destos Andes, para Potosí particularmente, cada año más de 60.000 cestos de coca, que cada uno debe pesar de 20 á 25 libras; sácanlos en carneros de la tierra y lleva un carnero cuatro y cinco, y por la mayor parte cinco. Desde Potosí vienen al Cuzco con las barras de plata á comprar esta coca. Vale el cesto, cuando menos, tres pesos, que es imaginación, ó tiene esta hoja en sí alguna virtud de sustentar, lo cual parece falso; pero los indios, si han de trabajar, y no traen un poco della en la boca, ó han de caminar, luego se desmayan, y como la lleven, trabajan y caminan todo el dia, si no es cuando se sientan á comer, que brevemente cuncluyen.
Estos Andes donde se da es tierra calidísima, muy lluviosa, llena de mil género de sabandijas ponzoñosas, que en las mismas chácaras se crian y hacen no poco daño, y la picadura es irremediable, hasta agora, que de pocos años se ha hallado el remedio, y es el más fácil del mundo y más manual. Uno de los primeros que lo supo fuí yo, y lo enseñó un perro. Pasó así: que andando á caza de perdices un soldado gentilhombre, arcabuz, llamado Pedro Ruiz de Ahumada, á un perro suyo picóle una víbora en el hocico; hinchósele la cabeza como una bota; viniéndose ya tarde para su casa, que era en el campo, el perro veníase así tras de su amo, pero en viendo un arroyo de agua que cerca de la casa corria, fuese á toda furia para el agua; el amo, pensando que la rabia de la muerte lo llevaba, paróse; vióle poner la cabeza en el agua; dejóle el amo por muerto, pero ya que queria cenar, entra el perro sano y bueno y halagando á su amo. Venido al pueblo, luego me lo dijo: esto era en la ciudad de La Plata; sabido, escrebí á un religioso nuestro que residia en una doctrina en un pueblo de indios cinco leguas de la ciudad, donde se crian cantidad dellas, que hiciese la experiencia en dos perros; hízola, y á uno echó en un estanque de agua, al otro dejóle fuera; el que fué lanzado en el agua, al cabo de media hora que en ella estuvo saltó el pretil, sacudióse y comenzó á retozar con otros perros; el que no fué lanzado, dentro de pocas horas murió. De suerte que en picando la víbora habemos de buscar el agua: si es corriente es mejor, si es embalsada no es inconveniente, y poner el pie ó la mano en el agua, de suerte que sobrepuje un jeme el agua á la picadura, y dejarlo estar allí espacio de una hora, y no es necesario más cura.
Los indios han enseñado otra manera de curar, y es ésta: toman la víbora que picó, y aunque sea otra no creo es inconveniente; córtanle tres ó cuatro dedos de la cola y échanla á mal; luego de allí junto cortan cantidad de tres dedos en ancho, quitan la piel, y tres veces en tres dias continuos dan de comer aquella carne al herido; acuéstanlo y abríganlo; suda, guarda dieta, y no es necesario más cura; desta suerte curaron en una chácara dos leguas de la ciudad de La Plata á una ama suya unos indios del Rio de Plata que con ella vinieron, y su marido é yo propio se lo pregunté y me dijo que desta suerte la curaron no haria dos meses.
Matar la víbora que picó (principalmente si es de las que llamamos y son de cascabel, porque cuantos años tienen tantos cascabeles les nacen en las colas, y cuando van deslizándose por el suelo van haciendo ruido como si llevasen cascabeles), no es dificultoso, porque son torpes en andar, en picar velocísimas; no la han pisado cuando vuelve á picar, cuyos colmillos son más agudos que alesnas; helas visto grandes y gruesas como un grueso brazo.
En el Brasil hay cantidad destas sabandijas, y como ya se comunican aquellos dos reinos, es fácil saber lo que en ellos sucede; sucedió pues así: que una víbora picó á un portugués en un pie y le pasó unas botas de baqueta que llevaba calzadas; murió de la ponzoña de la víbora; hízose almoneda de sus bienes; las botas comprólas otro portugués, y calzándoselas murió; torna otro á comprarlas y cálzaselas; murió tambien; viendo esto los médicos advierten que la causa de la muerte de los dos fueron las botas rotas con la picadura ó diente de la víbora; quemáronlas y no las compró más portugués alguno, y así cesó la muerte dellos; la fe desto y crédito dése á los que lo refirieron; no lo vi, oílo por cierto. Estos Andes del Cuzco son fértiles destas víboras, y de culebras que llaman bobas; éstas son muy grandes y muy gruesas; no hacen daño, sino es cuando, como dicen, andan en celos. Porque en aquellos Andes sucedió lo que diré: tres soldados volvíanse á sus casas de las chácaras de la Coca, á pie; no es tierra para caballos. El uno quedóse un poco atrás á cierta necesidad corporal; acabada siguió su camino solo, pues los compañeros iban un poco adelante; prosiguiéndolo, ve atravesar una culebra destas que tienen de largo más de 16 pies y gruesas más que la pantorrilla de un hombre, silbando, y otra culebra en pos della, de la misma calidad; la postrera, viendo á nuestro soldado, cíñele todo el cuerpo, y la boca encaminaba á la garganta; el pobre que se vió ceñido y la boca de la culebra cerca de su garganta, con ambas manos afierra de la garganta de la culebra con cuanta fuerza pudo, no dejándola llegar á su garganta; la culebra, sintiéndose apretada de las manos del soldado, apretábale con lo restante de su cuerpo fortísimamente, de suerte que le hizo reventar sangre por la boca, ojos, narices y orejas; el pobre, viéndose de aquella suerte, gemia; no podia gritar, sino bramar.
Los compañeros, pareciéndoles tardaba, pararon un poco, oyendo los bramidos; vuelven corriendo en busca de su compañero, halláronle de la suerte que le habemos pintado. Uno sacó una daga que traía en la cinta y metiéndola entre el sayo y la culebra la cortó; luego aflojó la culebra hechas dos partes, y acabáronla de matar. El soldado quedó como muerto; lleváronle y albergáronle; volviósele la color del rostro y cuerpo amarilla como cera; vínose al Cuzco, y dentro de tres meses murió. Oí esto á hombres que le conocieron.
Era este soldado vizcaíno; otro por ventura no tuviera tanto ánimo á echar mano á la culebra de la garganta con ambas manos.
En estos Andes no hay indios naturales; llevan, para el beneficio de la coca, del distrito del Cuzco, indios bien contra su voluntad, porque es llevarlos á la casa de la muerte, como dijimos tractando del valle de Andaguaylas y su menoscabo.