Volviendo á nuestra historia, el capitan Barrasa escogió los más principales del ejército en linaje y no en trabajo, ni en ejercicio de guerra, que fueron á los vecinos de la cibdad de La Paz y otros. Desta suerte salieron en sus caballos hasta el pie de una cuesta por donde no se podian aprovechar dellos, y el pueblo estaba fundado en lo alto della; la cuesta agria y larga, el calor mucho, los cuerpos cargados de armas y no acostumbrados á traerlas, hobo algunos que dieron señal, y muy baja; finalmente, llegaron á lo alto; los indios, que antes que subieran la cuesta los habian visto, no se atreviendo á resistirlos se metieron en la montaña con sus hijos y mujeres, dejando las casas desamparadas; los nuestros, cuando llegaron ya llevaban alguna hambre, y entrando en las casas buscaban qué comer; dieron en una olla grande llena de maíz cocido; metian las manos y á puñados sacaban el mote (mote es maíz cocido), lo cual con mucho gusto comian; empero uno, metiendo la mano un poco más adentro, encontró con un brazuelo de un niño; sacólo á fuera sin saber lo que sacaba; en viendo los nuestros la carne humana, fué tanto el asco que recibieron, que lo comido y lo que más tenian en el cuerpo, con grande asco lo lanzaron fuera, y sin hacer otro efeto se volvieron al real. No hallaron alguna comida porque los indios la tenian en la montaña puesta en cobro, y si fueran hombres de guerra y dieran sobre los nuestros cuando andaban sin órden buscando la comida, no sé cómo volvieran.
[CAPITULO XL]
DE LA HAMBRE QUE COMENZABA EN EL REAL Y ENFERMEDAD DEL VISORREY
De aquí partió el Visorrey, donde tenia alojado el campo, la tierra adentro, y prosiguiendo su camino dió en el rio llamado de Pilaya, á quien algunos llamaron el rio Incógnito, no lo siendo; muchos iban en el real que le habian visto antes. Ya en este tiempo se comenzaba á sentir falta de comida en el real, porque la tierra no la lleva sino en los lugares donde los Chiriguanas siembran sus comidas, y siendo la tierra montosa, los árboles son infructíferos, si no son unos llamados cañares[17] que son los azofeifos nuestros; otros no sé que lleven fructa, sino muchas garrapatas, á los cuales arrimándose, á un hombre caen tantas que le cubren de arriba abajo. Los Chiriguanas sus comidas habíanlas metido en la montaña, y aunque las buscaban los nuestros, no las hallaban. El Visorrey, ó por la destemplanza de la tierra del mucho calor ó por otras causas que descomponen los cuerpos humanos, comenzó á enfermar de unas bravas y recias calenturas que le iban creciendo y enflaqueciendo mucho, por las cuales é no poder caminar el Virrey en su literilla de hombros (la tierra no sufria litera de acémilas que llevaba) se detenian en los alojamientos más de lo necesario para pasar adelante; su médico todo lo posible hacia para su salud, y dia de Nuestra Señora de Agosto, cuando se pensó tener acabada la guerra, le desafució, y con todo esto el Visorrey no queria sino proseguir su jornada. Lo cual visto por el licenciado Recalde, entrando á visitarle en la tienda le dijo el estado de su enfermedad, y que si Nuestro Señor disponia dél en aquella tierra, allí le habian de sepultar, aunque esto no hacia al caso, porque la comun sepoltura de todos los hombres es la tierra. Lo que más se habia de advertir, y por lo que más se habia de mirar, era que todos se perderian cuantos con él entraron, y el reino del Perú corria mucho riesgo (como era verdad) de perderse con alguna tirania, y subcediera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara. Tambien le puso delante de los ojos la hambre que se augmentaba en el real, y quien más la padecian eran los pobres indios; por tanto, le suplicaba mirase los grandes inconvenientes que se siguieran, irremediables, por los cuales perderia el crédito que con Su Majestad habia ganado hasta allí, y no permitiese que los miserables indios, á quien sacó de sus tierras, tan miserablemente murieran, porque acosados de la hambre se huian del real, sin saber camino, los cuales cayendo en las manos de los Chiriguanas, luego eran comidos, y cuando no, daban en manos de tigres, de que es aquella tierra poblada, y los despedazaban; lo cual siendo como era así, Su Excelencia mandase dar la vuelta al Perú, pues ya se habia hecho todo lo posible, y los Chiriguanas no parecian en el mundo.
[CAPITULO XLI]
EL VISORREY MANDA VOLVER EL CAMPO AL PERÚ
Viendo, pues, el Visorrey su poca salud, y lo que el licenciado Recalde le aconsejaba era lo justo, bueno y sancto, y el riesgo qu'el reino corria, determinó mandar se diese la vuelta al Perú, ya todo el campo muerto de hambre, y los que más la padecian eran los pobres indios, los cuales si encontraban con algunas sillas se comian los cordobanes y guarniciones; los más se aventuraban á salir á este reino, y salieron algunos; vi un indio en la cibdad de La Plata, del repartimiento del capitan Hernando de Zárate, que á su ventura se atrevió á salir y llegó á la cibdad, y fuese derecho á casa de su amo, donde á la sazon estábamos dos religiosos; doña Luisa, mujer del capitan don Fernando, cuando le vió compadecióse grandemente y todos nos compadecimos; regalóle, acaricióle, mandó que le diesen de comer; no parecia sino la estatua de la muerte, en los puros cueros y en los huesos; al cual preguntándole el estado de los nuestros, dijo lo que habemos referido. Preguntámosle más: ¿cuántos Chiriguanas traian en colleras? lleváronlas Chichas de acá. Respondió estas palabras: Ni solo una uña de chiriguana traen los cristianos.
Todo el real casi venia á pie, porque los caballos, pasaron de más de 1.600, se quedaban estacados de cierta yerba que comian, haciendo espumarajos; salieron cual ó cual, y como no habia en qué traer la ropa, quedábanse los toldos armados y las petacas llenas.
El licenciado Recalde se mostró gran cristiano para con los indios, y Nuestro Señor se lo pagó, porque encontrando al indio animado ó á la peña, transido de hambre, le hacia dar de comer, lo traia en su compañia, y si no podia caminar, en sus caballos ó mulas lo mandaba subir; dejando su caballo, y quitándolos á sus criados y á los de su casa, los daba á los indios; albergábalos, curábalos en sus toldos, con lo cual libró no pocos de la muerte y sacó á esta tierra; finalmente, sus toldos eran las enfermerias de los pobres indios. Con mucho trabajo salió el Visorrey y el campo á la tierra del Perú, á un valle llamado Tomina, sin que en el camino recibiese algun daño de los Chiriguanas, que fué no poca merced que Nuestro Señor hizo á todo el reino, y si bien se considera, confesaremos que el mismo Dios puso[18] en las manos de los nuestros á los Chiriguanas, y los cegó para que no conociesen la oportunidad, creo por la gran soberbia con que entraron.
Si el capitan Juan de Zárate siguiera el consejo que le daban, habria preso y captivado muchos de los principales Chiriguanas, enseñándoselos con el dedo en el pueblo donde dijimos llegó y no halló resistencia alguna. Fué señor de la comida, y si no la desamparara no se padeciera en el real la penuria que della hobo, ni hobiera hambre, y la guerra casi era acabada, y si no acabada, se habria puesto en término de acabarla presto. Puso tambien Nuestro Señor á los españoles en las manos Chiriguanas; empero, usando de su acostumbrada misericordia con ellos, cegó á los Chiriguanas para que no conosciesen el tiempo, ni se aprovechasen dél ni de sus propias costumbres de pelear, porque con ser gente que no pelea sino á traicion y de noche, con nosotros pocas veces de dia, sí de noche; si fueran dando arma en el campo, de suerte que los desvelaran y hicieran estar en arma toda la noche, hambrientos, sin fuerzas para tomar armas, y desvelados, ¿cómo volvieran á este reino? ¿por qué camino?