El año de 77, así como en España y toda Europa, pareció en la media region del aire el más famoso cometa que se ha visto; tambien se vió en estos reinos á los 7 de Octubre con una cola muy larga que señalaba al estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció ser anuncio que por el Estrecho habia de entrar algun castigo enviado de la mano de Dios por nuestros pecados, como sucedió; que dende á dos años, poco más ó menos, que se acabó, y el Visorrey don Francisco de Toledo residiendo en la ciudad de Los Reyes, entró en el puerto della un navio inglés, enemigo, con un capitan llamado Francisco Draque, de noche, sin que hobiese imaginacion que tal pudiese subceder, en el cual tiempo en la ciudad de Los Reyes no habia un grano de pólvora, ni gentilhombre lanza que tuviese lanza, ni gentilhombre arcabuz que tuviese arcabuz, por se los haber comido y no les haber pagado lo situado por el marqués de Cañete, de buena memoria. El ejercicio de las armas se habia olvidado, no sólo en aquella ciudad, sino en todo el reino, por haber mandado el Visorrey ningun hombre caminase con arcabuz, so pena de perdido, y á los corregidores de los partidos tenia mandado lo ejecutasen. En esta sazon, pues, llegó este pirata, que robase y afrentase y le diese un bofetón de los grandes que han recebido, ni creo recibiran tan presto los leones del Perú.

El capitan inglés, luterano, con órden de la reina Maria, inglesa, tambien luterana, una de las malas hembras y crueles que ha habido en el mundo, se aventuró con tres navios á salir de Inglaterra y venir á estos reinos á robarlos y á hacerse señor de la mar, caso jamás imaginado, y de ánimo más que inglés, porque salir de su tierra y venir por mares y temples tan contrarios al temple inglés, y seguir derrota que tantos años no se seguia, ni otra que la nao Victoria no habia hecho, porque de las que con ella salieron sola ésta volvió, las demás se perdieron, y de las del obispo de Plascencia don Gutierre de Caravajal, ni una sola se salvó: atreverse este capitan inglés á renovar esta navegacion, ya casi olvidada, y á meterse en las manos de sus enemigos, como se metió, tan apartado de donde le pudiese venir socorro, fué más que temeridad, sino que como venia para castigo destos reinos por nuestros pecados, todo le subcedia bien. Partió, pues, de Inglaterra con tres navios, segun algunos referian habérselo oído; piérdense los dos á la entrada del Estrecho, ó á la salida; sólo él desembocando de la vuelta sobre mano izquierda, costeando la tierra y costa primera de Chile, donde en el puerto Valparaiso, viniendo falto de comida, halla dos ó tres navios con oro, aunque poco; no fueron 30.000 pesos; halla comida, y vino, y proveyéndose de lo necesario, costeando, sondando los puertos y las caletas, sin que hallase resistencia alguna, viene hasta el puerto de Coquimbo, adonde, no hallando qué pillar, treinta leguas de allí, ó poco más, llegó á la bahia. Salada, donde estuvo dos meses y más dando carena á su navio y haciendo una lancha, sin que le diesen la menor pesadumbre del mundo, pudiéndosela dar y facilísimamente. No parece sino que todo le subcedia al sabor de su deseo, y á los nuestros les faltaba el consejo, como es así realmente. Era azote enviado de Dios; habia de azotar. En Chile, á la sazon, Rodrigo de Quiroga, de quien tractaremos adelante, bonísimo caballero, estaba en Arauco con la gente de guerra; despacha al capitan Gaspar de la Barrera, y deshace el campo, pero no fué de ningun efecto, porque se tardó mucho (y no pudo ser menos) en aprestar el navio, y cuando llegó á Coquimbo ya el capitan Francisco habia salido de la bahia Salada con su navio y lancha, y no fué seguido porque el capitan Gaspar de la Barrera no llevaba más comision de hasta los términos de Chile. Sale de la bahia Salada y llega en breve al puerto de Arica, donde halla tres navios, y como tal no habia caido en entendimientos de los nuestros, viéndole venir de arriba, que es decir de Chile, alegráronse todos los del puerto diciendo: ¡navio de Chile, navio de Chile! de donde habia dias ninguno bajaba; solo un piloto, nombrado maese Benito, en viéndole dijo: No, aquel no es sino navio enemigo. Hacian todos burla dél, y él más se afirmaba en decir era navio enemigo. Conocióle, como dijo despues, en las velas; las nuestras son blancas mucho, las de los ingleses son pardas, no son tan blancas como las nuestras. Pues como el navio enemigo se viniese llegando al puerto, antes de surgir dispara una pieza de artilleria; luego se entendió ser verdad lo que decia Maese Benito. La poca gente del pueblo, con el corregidor y tesorero del Rey, Pedro de Valencia, pusiéronse en arma para se defender; á las mujeres enviáronlas la tierra adentro, pero el enemigo no curó saltar en tierra (ni supiera, porque, como habemos dicho, no tiene sino una caletilla muy angosta para desembarcar; lo demás es costa brava, llena de peñascos); en surgiendo con la lancha y batel llenos de gente armada vase á los navios, que sin gente estaban, y en el del pobre maese Benito, que habia tardado del puerto del Callao hasta Arica más de seis meses y no habia aun descargado el vino de Castilla que llevaba; entra en él y halla 150 botijas de vino de Castilla; en los otros dos solamente halló; en el uno, 12.000 pesos en barras que habia embarcado un buen hombre, llamado Céspedes, que con su mujer se embarcaba para se ir á España; tenia embarcada la plata, y él con solos 500 pesos estaba en tierra, y su mujer, aguardando á que el maestre con el navio se partiesen; llevóse el capitan Francisco esta plata y vino; los navios quemólos, no curando de saltar en tierra; no le convenia.

Luego el corregidor despachó un hombre al puerto de Arequipa, que por la posta fuese á dar aviso de lo que pasaba, y si algun navio habia en el puerto, avisase luego alzase velas y se fuese, y si tenia algunas barras, las echase en tierra; fué Nuestro Señor servido que, con no ser de viaje por la mar más de un dia natural de Arica al puerto de Chile, así se llama el de Arequipa, por falta de tiempo tardase el capitan Francisco Draque tres dias; llegó el aviso por tierra; en el navio, que era de un Fulano del Rio, donde yo estaba fletado para bajar á Los Reyes, estaban embarcadas 1.200 barras del Rey y de particulares. Luego á gran priesa las desembarcaron, y á la última batelada el Francisco con el navio, y la lancha con el batel, el cual con la mayor priesa que pudo se metió en la caleta, en la cual echó todas las barras, que eran las últimas, por miedo de la lancha, que le venia ya en los alcances, la cual no se atrevió á entrar dentro de la caleta. La caleta es angosta, fondable, y el agua tan clara que parece se pueden contar las arenas, y muy segura[19].

El capitan Francisco entró en el navio, y no hallando sino el casco, lo tomó y llevó consigo, y en alta mar lo dejó con sus velas altas y prosiguió su camino y viaje para el puerto del Callao. Del puerto de Chile luego dieron mandado á la ciudad, que son 18 leguas, y no de buen camino, y sin agua, la cual se alborotó grandemente, y el corregidor despachó tres ó cuatro vecinos en muy buenas mulas al puerto, para que viesen lo que habia y avisasen; creyeron que el otro habia de ser tan necio que habia de saltar en tierra y venir á robar la ciudad.

Los que tenian registradas sus barras, que eran no pocos, luego con sus armas caminaron al puerto, mas cuando á él llegaron hallaron sus barras en tierra y el enemigo partido. Sola una barra de más de 1.200 faltó, de un soldado que en mi compañia habia venido desde Potosí á aquella ciudad, para se ir á España con 3.500 pesos que en breve habia ganado. La barra valia más de 380 pesos ensayados; el cual para cobrar su barra fué discreto: hizo un anzuelo de cincuenta pesos de plata; echólo á la mar y halló su barra, que es decir dijo públicamente: mi barra no se puede esconder, el que la tomó dela á tal persona; yo no quiero saber quién es, y he aquí cincuenta pesos, que él da luego los cincuenta pesos; diólos á la persona señalada, y otro dia pareció su barra. De aquí del puerto se despachó otro español por tierra por la posta que diese aviso al Visorrey en la ciudad de Los Reyes, que son 160 leguas tiradas; fué con toda la brevedad posible, y en todos los valles luego le daban recado de cabalgaduras para pasar adelante, hasta dos leguas de Los Reyes, en un pueblo llamado Surco, donde halló al corregidor, que no debiera, llamado Puga, portugués, ó gallego, el cual diciéndole á lo que venia, y que le diese un caballo para ir de allí á Los Reyes para avisar al Visorrey, le tuvo por loco y que venia borracho, y aun dicen le echó en la cárcel; finalmente, no le dando recado, un dia que le detuvo y más, en este tiempo llegó el capitan Francisco con su navio; no pudo antes, porque en este tiempo que navegó por nuestra mar á Los Reyes era verano y hay muchas calmas en la mar, y por esto llegó el mensajero por tierra primero que él por la mar; si el corregidor le diera crédito, el puerto estuviera apercebido, y no se fuera el enemigo riendo, ni robara lo que robó; pero era azote de Dios, y habia de azotar. El Puga tenia en casa del Virrey amigos que ataparon la boca al mensajero para que no dijese nada al Visorrey. Llega, pues, el capitan Francisco al Callao, y aunque le vieron sobre tarde, entendióse era navio que bajaba principalmente de Arequipa, á quien aguardaban por momentos; fué cuerdo, entró de noche por no ser conocido y se atrevió á mucho á entrar aquella hora por el estrecho, que será de una legua, que hace la isla con la tierra firme, porque aunque es limpio y fondable, han de entrar por cuatro brazas de agua casi al medio dél. Pero es fama traia desde el paraje de España un portugués por piloto, que lo habia sido en esta mar; de otra suerte no se atreviera á entrar; porque yo he venido de Arica al Callao, y con ser el piloto muy bueno y muy cursado, llegando á boca de noche no se atrevió á entrar, y nos quedamos mar en través á la boca de la isla; finalmente, él entró, y anduvo picando cables, y aun preguntando si el navio de San Juan de Anton estaba en el puerto, que no sabemos quién le dijo se habia fletado en él la cantidad de plata que le tomó. Pero de un maestro ó piloto fué conocido, el cual de su navio echándose á nado salió á tierra diciendo: ¡arma, arma! Alborótase toda la gente, que seria poco menos que á media noche; luego despáchase al Visorrey, no diciendo ni sabiendo si eran luteranos, ó si era navio de tiranos, alzados en el reino ó en Chile. El Visorrey, oida la nueva, y la ciudad, tocan cajas, y en las calles ¡arma, arma! sin saber contra quién, y como no habia armas en la ciudad, hallóse grandemente confuso. Con todo eso, al amanecer entró en el puerto, y toda la ciudad con él, sin arcabuces ni artilleria, que ni en la ciudad, sino una poca y sin municiones habia. Pero ¿qué habia de hacer? y es así que en toda esta costa en todo tiempo, en anocheciendo, casi cesa el viento, y no torna á ventar hasta las ocho de otro dia. El Francisco no se atrevió, ni le convenia, saltar en tierra, porque en las ventanas de las casas, rompiendo sábanas, y por las puertas, hicieron mechas y las encendieron para que el luterano creyese eran arcabuces; habiendo picado muchos cables, y los navios sin amarras andando de aquí para allí, él se apartó y pretendió salir del puerto, y seguir su viaje, sino que le faltó el viento, y cuando el Visorrey llegó al Callao le vió y todos los demás, en calma, las velas pegadas á los mástiles. Empero, como no tenia armas ofensivas más que espadas, cotas pocas, no se atrevió á enviar contra él algunos bateles grandes y barcos de pescadores; que si hobiera con qué esquifarlos y arcabuces para ofender al enemigo luterano, armando cinco ó seis contra él, antes que viniese la marea, pudiera ser le rindieran y le hicieran pedazos el timon; pero no habiendo un grano de pólvora en la ciudad, no se podia hacer esto. El enemigo, á vista de todo lo mejor del reino, en comenzando la marea sigue la mar abajo su derrota. Los mercaderes que en el navio de San Juan de Anton, que habia pocos dias se habia partido del puerto para Tierra Firme, que enviaban en él sus barras, así para aquel reino como para España, dijéronle al Virrey; Señor, en el navio de San Juan Anton enviamos nuestras haciendas; dadnos licencia para que despachemos de aquí un barco grande destos de pescadores á avisarle; ya nos habemos concertado con el señor del barco, y dice él irá y avisará por dos ó tres barras que le demos; con vuestra licencia lo enviaremos á nuestra costa, porque el Rey no pierda 300.000 pesos que allí iban ni nosotros nuestras haciendas. El Visorrey no quiso dar la licencia; por ventura entendió era imposible que el enemigo alcanzara al navio de San Juan Anton; esto á uno ó dos de los mercaderes que allí enviaban su plata, y al mismo pescador que se ofrecia á ir, lo oí como lo tengo referido, y es así. No siendo, pues, avisado el navio de San Juan de Anton, como se fuese deteniendo por los puertos, y el enemigo en busca suya, finalmente le alcanzó en la punta llamada de San Francisco, ya que queria atravesar para Tierra Firme, y aunque nuestro navio le vió, no imaginó tal, antes, creyendo era navio de los que quedaban en el puerto del Callao, que bajaba tambien á Tierra Firme, le aguardó.

El capitan Francisco, llegándose cerca dél, dispárale una pieza de artilleria y dícele: Amaina, por la tierra de Inglaterra; los nuestros pensaron ser burla, y dijéronles una palabra afrentosa, sin saber eran luteranos; entonces el enemigo afierra con el navio nuestro; entró, ni llevaban armas los nuestros para ofender ni defenderse; ríndense, roba el luterano cuanta plata en él habia, más de 400.000 pesos ensayados; á los nuestros no les hizo otro daño que quitarles las haciendas; no venia por más. El Visorrey, como mejor pudo despachó uno ó dos navios contra el enemigo, y metió en ellos los vecinos criollos sin armas, sin artilleria, sin municion, con sus capas negras y medias de punto y vestidos de ciudad; siguieron al enemigo sin verle dos ó tres dias, al cabo de los cuales volvieron al puerto; el Visorrey mandólos poner en carretas, y así los trujo á la ciudad afrentosamente, y no sé si con prisiones, y los tuvo algunos dias en la cárcel.

Despues de lo cual armó dos navios como mejor pudo; nombró por capitan á un criado suyo llamado Frias, y por almirante al capitan Pedro de Arana, con órden que siguiese al enemigo hasta la costa de la Nueva España; salieron del puerto, y muy buenos soldados y hombres de vergüenza en ellos; pero como el enemigo habia pasado adelante, sin hacer otro efecto se volvieron al Callao.

El capitan Francisco Draque prosiguió su viaje á la costa de México, donde tomó otro navio que del puerto de Guatulco habia salido para estos reinos cargado de mercaderias, y como no venia por ropa, sino por plata, dejóle seguir su derrota, tomando algunas cosas de que tenia necesidad, cuales eran velas y jarcias, y sus soldados tomaron algunos fardos de ropa, no en mucha cantidad, y pasando adelante siguió la derrota á la China; de allí, la que hacen los portogueses, y la volvió á entrar en el mar Occéano, y de allí á Inglaterra, cargado de barras de plata.

[CAPITULO XLV]
LA INQUISICION VINO Á ESTE REINO

Al mismo tiempo que Su Majestad proveyó por Visorrey destos reinos á don Francisco de Toledo, proveyó tambien Inquisidores que residiesen en la cibdad de Los Reyes; un proveimiento acertadísimo y necesarísimo, en lo cual se manifestó cuánta verdad sea que el corazon del Rey está en las manos de Dios. El mismo Dios, para bien de todos sus reinos, muchas veces le pone en el corazon cosas necesarísimas, que se hagan, las cuales estaban como olvidadas, y si no olvidadas, no parecia haber necesidad de hacerse; fué, pues, mocion del muy Alto que la majestad del rey nuestro señor en aquel tiempo se acordase de inviar Inquisidores á estos reinos y al de México, en la misma flota que vino el Visorrey don Francisco de Toledo; vinieron proveidos por Su Majestad dos varones tales cuales convenian para asentarla y para las cosas que subcedieron: Licenciado Bustamante, que murió en Tierra Firme, y el licenciado Cerezuela; al licenciado Bustamante subcedió el Inquisidor Antonio Gutierres de Ulloa, todos en sus facultades muy doctos, grandes cristianos, celosísimos de las cosas de la fe, de mucho pecho y no menos prudencia, dotados del mismo Dios de las partes requisitas para el oficio; vino fiscal el licenciado Alcedo; secretario, Ambrosio de Arrieta; todos cuales se requerian. Entraron en la cibdad de Los Reyes, hizóseles el recebimiento cual convenia conforme á lo ordenado por Su Majestad; asentaron la Inquisicion prudentísimamente, y comenzaron á hacer su oficio con tanta rectitud y cristiandad cuanta se requiere, y todo el reino conoció y conoce. Luego se vió la necesidad que della habia, y cómo fué inspiracion de Dios que Su Majestad la enviase, porque si no, corria gran riesgo la cristiandad en estas partes, como pareció por las personas luteranas, y no sé si me diga peores, que luego prendieron, y por el primer aucto de la fe que hicieron, donde se vió claramente el riesgo de todo el reino, de lo cual no es de nuestro intento tractar agora, más de lo que habemos dicho, que fué providencia admirable de Dios que en este tiempo la enviase, la cual es imposible falte para el buen gobierno de toda la cristiandad.