No recuerdo a quién oí decir que los mandamientos de la mujer casada son, como los de la ley de Dios, diez:
El primero, amar a su marido sobre todas las cosas.
El segundo, no jurarle amor en vano.
El tercero, hacerle fiestas.
El cuarto, quererlo más que a padre y madre.
El quinto, no atormentarlo con celos y refunfuños.
El sexto, no traicionarlo.
El séptimo, no gastarle la plata en perifollos.
El octavo, no fingir ataque de nervios ni hacer mimos a los primos.
El noveno, no desear más prójimo que su marido.