Once las letras son del aguardiente.
Ya lo sabe el curioso impertinente.
Gracias a Dios que hoy nadie nos ofrece ración tasada y que hogaño nos atracamos de aceitunas sin que nos asusten frases. ¡Lo que va de tiempo a tiempo!
Hoy también se dice: aceituna, una; mas si es buena, una docena.
[OFICIOSIDAD NO AGRADECIDA]
Cuentan las crónicas, para probar que el arzobispo Loayza tenía sus ribetes de mozón, que en Lima había un clérigo extremadamente avaro, que usaba sotana, manteo, alzacuello y sombrero tan raídos, que hacía años pedían a grito herido inmediato reemplazo. En arca de avariento, el diablo está de asiento, como reza el refrán.
Su ilustrísima, que porfiaba por ver a su clero vestido con decencia, llamóle un día y le dijo:
—Padre Godoy, tengo una necesidad y querría que me prestase una barrita de plata.
El clérigo, que aspiraba a canonjía, contestó sin vacilar:
—Eso, y mucho más que su ilustrísima necesite, está a su disposición.
—Gracias. Por ahora me basta con la barrita, y Ribera, mi mayordomo, irá por ella esta tarde.