Eran, digámoslo así, Damón y Pithias tonsurados, Orestes y Pílades con cerquillo.
No pasaron ciertamente por frailes de gran ciencia, ni lucieron sermones gerundianos, ni alcanzaron sindicato, procuración o pingüe capellanía, y ni siquiera dieron que hablar a la murmuración con un escándalo callejero o una querella capitular.
Jamás asistieron a lidia de toros, ni después de las ocho de la noche se les encontró barriendo con los hábitos las aceras de la ciudad. ¡Vamos! ¡Cuando yo digo que sus reverencias eran unos benditos!
Eran dos frailes de poco meollo, de ninguna enjundia, modestos y de austeras costumbres; como quien dice, dos frailes de misa y olla, y pare usted de contar.
Pero ni en la santidad del claustro hay espíritu tranquilo, y aunque no mundana, sino muy ascética, fray Venancio tenía una preocupación constante.
Los dominicos, agustinos, franciscanos y hasta juandedianos y barbones o belethmitas ostentaban con orgullo, en su primer claustro, las principales escenas de la vida de sus santos patrones, pintadas en lienzos que, a decir verdad, no seducen por el mérito de sus pinceles.
¡Qué vergüenza! Los mercedarios no adornaban su claustro con la vida de San Pedro Nolasco.
Al pensar así, había en el ánima de nuestro buen religioso su puntita de envidia.
Y esto era lo que le escarabajeaba a fray Venancio, y lo que hizo voto de realizar en pro del decoro de su comunidad.
El padre Antolín, para quien el padre Venancio no tenía secretos, creyó irrealizable el propósito, pues los lienzos no los pintan ángeles, sino hombres que, como el abad, de lo que cantan yantan. Según el cálculo de ambos frailes, eran precisos diez mil duros por lo menos para la obra.