En nuestros tiempos ha sido renovado nuevamente el espectáculo de las fatales contiendas entre moros y cristianos con la lucha por la independencia contra los invasores bonapartistas, los cuales no respetaron edad ni sexo, ni cosas sagradas o profanas; la ruina reina por todo el país: un vandalismo de pocas horas bastó para deshacer la obra de varias edades de piedad, abundancia, instrucción y buen gusto. La retirada de los franceses fué peor que el avance; furiosos por el mal éxito y los desastres sufridos, los Soult y los Masséna desahogaron su despecho sobre los indefensos campesinos y sus caseríos. Dejemos al general Foy relatar sus proezas: «Ainsi que la neige précipitée des sommets des Alpes dans les vallons, nos armées innombrables détruisaient en quelques heures, par leur seul passage, les ressources de toute une contrée; elles bivouaquaient habituellement, et à chaque gîte nos soldats démolissaient les maisons bâties depuis un demi-siècle, pour construire avec le décombres ces longs villages alignés qui souvent ne devaient durer qu’un jour: au défaut du bois des forêts les arbres fruitiers, le végétaux précieux, comme le mûrier, l’olivier, l’oranger, servaient à les réchauffer; les conscrits irrités à la fois par le besoin et par le danger contractaient une ivresse morale dont nous ne cherchions pas à les guérir»[14].

«So France gets drunk with blood to vomit crime,
and fatal ever have her saturnalia been».[15]

¿Quién puede dejar de comparar estas costumbres de las legiones de Buonaparte con la descripción que hace Hosea del «grande y fuerte pueblo» que ejecutó los terribles juicios de Dios? «El fuego devoraba todo a su paso y detrás dejaban ardiendo la llanura; el país antes de llegar ellos es el jardín del Edén, después, un yermo desolado, y más aún; nada debe escapar».

Apenas los intrusos fueron batidos por el duque, la población empezó a rehacerse, como las aplastadas florecillas se levantan después que el talón de hierro de las hordas las ha hollado. Luego surgieron las guerras civiles, que limpiaron el país de varones y de cuya sangría aun no se ha repuesto España. La falta de seguridad de personas y haciendas son siempre una rémora para el matrimonio y el aumento de población.

Una calamidad más profunda y permanente ha obrado sin tregua en España durante las dos últimas centurias; pero los autores españoles no se han atrevido a hacer alusión a ella. Atribúyese la despoblación de Extremadura a la multitud de individuos descendientes de Cortés y de Pizarro que marchan al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y creen que la misma necesidad y el deseo de aventuras empujan hacia América a los habitantes de Cádiz y Sevilla. Pero la colonización nunca debilita a un Estado vigoroso y bien acondicionado; ejemplo, el rápido y diario aumento de población en nuestra propia isla, la cual, lo mismo que antiguamente Tiro, constantemente envía fuera millares de hombres y en casi todos los mares mece en las amplias alas de su flota mercante las bendiciones de paz, religión, libertad, orden y civilización, cumpliendo la misión de extenderlas que se ha impuesto la Gran Bretaña.

La causa real y permanente de la decadencia de España, de la falta de cultivo y de la tristeza y miseria, es el MAL GOBIERNO, civil y religioso, que puede observarse por todas partes, en el campo solitario y en las silenciosas ciudades. Pero España será incapaz de entrojar la semilla de este fértil origen de eternos males, si no miente la anécdota tan corriente en el país: Cuando Fernando III tomó Sevilla y murió, como era santo, escapó al purgatorio, y, al llegar al cielo, Santiago le presentó a la Virgen, la cual en el acto le permitió que pidiera algunos favores para su amada España. El monarca deseó que se le concediera aceite, vino y trigo, y le fué concedido; un sol claro y cielo alegre, hombres valientes y mujeres bonitas, y se le otorgó todo; cigarros, reliquias, ajos y toros, y no hubo inconveniente alguno; un buen gobierno.—No, no—dijo la Virgen—; no es posible concederte eso, pues si te lo concediese, ningún ángel querría quedarse veinticuatro horas más en el cielo.

La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado; los báculos no son compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande. Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de empréstito, en tierras o caminos, nunca habrá seguridades efectivas; son siempre meros castillos en el aire, châteaux en Espagne. «La tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos».

Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico, diremos que en Madrid se fundó una Bolsa de Comercio el año 1831. Se puede asegurar que es el lugar más frío de la ciudad y el más ocioso, puesto que el usual «city article» es escaso, sin operaciones, porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse a una tumba que tuviera por inscripción: «Aquí yace el crédito de España». Si hay algo que la Pérfida Albión, nación de comerciantes, odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da lugar a duda: que el pundonor castellano prefiere arreglar sus cuentas con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y agradecimiento.

La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean víctimas de algún fraude.

Como todos los individuos que están en el Poder utilizan sus conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su propio nido.