Entretanto el Gobierno de Madrid había exigido 30.000 libras como fianza. Y es que la cautela no es condición de nuestros capitalistas, en el momento en que el dinero que les sobra se les sube a la cabeza, y la consecuencia natural es la pérdida de éste y del sentido común. Pero el sino de las cosas de España es ser juzgadas siempre por personas que nunca han estado allí, y que además no sienten pudor alguno al poner de manifiesto la indecente desnudez de su ignorancia geográfica. Cuando el loco guía al ciego, guarda zanja y guarda cerro.
Capítulo VI.
En España se introdujo un sistema de posta para el despacho de las cartas y la distribución de correos en tiempo de Juana y Felipe, o sea, casi al final del reinado de nuestro Enrique VII, siendo así que en Inglaterra apenas se había establecido servicio semejante hasta el gobierno de Cromwell. España, que en esto, como en muchas otras cosas, estuvo un tiempo a la cabeza, ahora se ve obligada a copiar las novedades de aquellas mismas naciones a las que instruyera antes, como ocurre con los viajes en coches públicos o particulares.
El correo está organizado como en la mayoría de los países del continente; la distribución suele ser regular, pero no diaria: sólo dos o tres veces por semana. Las autoridades tienen pocos escrúpulos en abrir cartas privadas cuando las consideran sospechosas. Será conveniente que el viajero, por lo tanto, se abstenga de manifestar por escrito sus opiniones acerca de los Poderes públicos. Los españoles han sufrido muchas perturbaciones; las guerras civiles les han hecho desconfiados y muy cautos en su correspondencia por aquello de que cartas cantan.
Se sufren las molestias usuales en el continente para obtener caballos de posta, por ser su monopolio del Gobierno. Hay que llevar un pasaporte, una orden oficial o un salvoconducto, etc., y además someterse a una porción de reglas según el número de pasajeros, caballos, equipaje, clase de carruaje, etcétera, etc. Estas y otras mil trabas y dificultades parecen ser obra de la burocracia, que trata por todos los medios de que se viaje lo menos posible.
Los caballos de posta y las mulas se pagan a razón de siete reales por jornada. Los postillones españoles, especialmente si se les paga bien, conducen a paso muy vivo, muchas veces al galope, y no se detienen fácilmente, ni aun cuando lo desee el viajero; parece que no alientan otro afán que llegar pronto a su destino, para gozar de la delicia de no hacer nada, y, para conseguirlo, atropellan por todo. Cuando, por fin, el ganado arranca, el pasajero se siente lo mismo que una lata atada a la cola de un perro rabioso o a una cometa. Los animales feroces no se ocupan de él más que si fuese Mazeppa; así es que el dinero hace andar a la yegua y a su conductor, y éste es un medio tan seguro en España como en cualquier otro país.
Otro modo de viajar es a caballo acompañado por un postillón, también montado, que se cambie con el tiro en cada relevo. Es una forma más expeditiva, pero más fatigosa, y que, como el correo tártaro en Oriente, ha prevalecido mucho tiempo en España.
De esta suerte fué nuestro Carlos I a Madrid bajo el nombre de John Smith, con el que no era fácil que le identificaran. La delicia de Felipe II, que se jactaba de gobernar el mundo desde El Escorial, era recibir noticias frecuentes y frescas, y este deseo de oír algo nuevo es aún característico en el Gobierno español. Los correos de gabinete tienen la preferencia para tomar caballos en los relevos. Las distancias que deben recorrer están reguladas y un número de leguas determinado deben hacerlo en cierto tiempo; para estimularles, se les paga cierta cantidad más de lo convenido por cada hora que ganen en el tiempo que de antemano se les prefine, de aquí la expresión vulgar ganando horas que equivale a nuestro «post haste—haste for your life».
Los ricos suelen viajar usualmente en las diligencias, que están de moda desde que se introdujeron en tiempo de Fernando VII. Antes de ser permitidas definitivamente, hubo grandes discusiones y se hicieron objeciones semejantes a las opuestas por el difunto papa cuando la introducción del ferrocarril en los estados de Su Santidad; se decía que con estas facilidades vendrían los extranjeros, y con ellos la filosofía, la herejía y otras innovaciones contrarias a la sabiduría de los antiguos españoles. Estos escrúpulos se disiparon interesando ampliamente al monarca en los beneficios. Ahora que ha desaparecido el monopolio real, se han formado varias Compañías en competencia. Este modo de viajar es el más barato, el más seguro y no parece indigno de la «gente bien», pues la realeza misma viaja en estos coches. El infante D. Francisco de Paula constantemente alquila toda la diligencia para trasladarse él y su familia desde Madrid a un puerto de mar; y una de las razones que con toda seriedad dió D. Enrique de no haber venido a casarse con la reina, fué que Su Alteza Real no pudo encontrar sitio en la diligencia por estar completamente llena. Los coches públicos de España son tan buenos como los de Francia, y la gente que viaja en ellos, generalmente más respetable y mejor educada. Esto se debe en parte al gasto, pues aun cuando los precios no son demasiado altos, siempre resultan algo caros para la mayoría de los españoles, de lo que resulta que los que viajan en diligencia son las clases que en otros países lo hacen en posta. De todos modos hay que convenir en que cualquier viaje en los carruajes públicos del continente resulta muy incómodo para los que están habituados a coche propio; y por muchas precauciones que se tomen, las jornadas corrientes en España, de trescientas a quinientas millas de una tirada, pocas señoras inglesas podrían resistirlas y aun los hombres las soportarían por necesidad, pero no las emprenderían por gusto. El correo está organizado como las malle-poste francesas y ofrece un medio seguro y rápido de viajar a los que pueden soportar las sacudidas, los choques y el traqueteo de un recorrido largo sin detención alguna. Las diligencias son también imitación de los armatostes franceses, sin que se encuentre en ellos la pulcritud, la comodidad, el buen movimiento, la exactitud y las infinitas facilidades del modelo inglés. Estas cosas cuando pasan el Estrecho se modifican con el desprecio del continente por las cosas de estilo; la baratura, que es gran principio, hace que prefieran los arreos de cuerda a los de cuero, y un carretero a un cochero bueno. También existen una porción de trabas, y estos absurdos burocráticos y la pesadez de los coches se hacen insoportables para los libres ingleses. Los «guardas» existen realmente: son unos hombretones recios, pintorescos en el indumento y en las armas y muy semejantes a los salteadores de caminos. A decir verdad, no hay gran error en la comparación, pues algunos de ellos antes de ser indultados y puestos a sueldo, se han apoderado de más de una bolsa en el camino real; pero la primera impresión es de individuos espléndidos que bien valen por unos cuantos alguaciles. Van provistos de un completo arsenal de espadas y trabucos, tanto que estas máquinas que ruedan por las inmensas llanuras, parecen un buque de guerra y se suelen comparar con una ciudadela en marcha. Además, en ciertas comarcas sospechosas, una escolta montada de individuos igualmente sospechosos, galopan alrededor de los coches, y tampoco está completamente olvidada la primitiva práctica de untar la mano, y de todas estas admirables precauciones resulta que rara vez o nunca son robadas las diligencias, aunque, sin embargo, la cosa es posible.
Toda esta guarnecida arca de Noé está colocada bajo el mando del mayoral o conductor, que, como todo español investido de autoridad, es un déspota, y, sin embargo, como ellos, asequible a la influencia conciliadora del soborno.