Antes de alquilar uno de estos coches de colleras, que es, ciertamente, una diversión cara, es conveniente tomar toda clase de precauciones y puntualizar los detalles de lo que ha de hacerse y el precio, pues los caleseros españoles rivalizan con sus colegas italianos en falsedad, bellaquería y falta de honradez, que parecen ser patrimonio de los que andan entre caballos y distintivo de la gente que maneja la fusta, chalanea y guía coches. Lo que ha de darse al cochero no debe incluírse nunca en el ajuste, pues siendo este ítem voluntario y dependiente de la conducta del que lo ha de recibir, es un freno seguro para los excesos de la gente de camino. En justicia, sin embargo, hay que decir que esta clase de españoles son, por lo general, amables, atentos y resistentes para el trabajo, y como no están acostumbrados a las cicaterías o a las esplendideces de los ingleses en Italia, suelen ser tan justos en sus transacciones cuanto puede serlo un ser humano que está constantemente entre ruedas y cuadrúpedos. Ofrecen al artista infinitos asuntos pintorescos. Todo lo que tiene relación con ellos está lleno de color y originalidad. No hacen nada, ya coman, duerman, guíen o se sienten, que no se preste a un cuadro, y lo mismo puede decirse de sus animales y arneses. Todo el que sepa dibujar nunca encontrará bastante largo el descanso del mediodía para aprovechar la infinita variedad de motivos que le ofrece el paisaje, en el cual tan bien encajan el coche y sus ocupantes; asimismo nuestros poetastros contemporáneos los considerarán tan dignos de ser cantados en versos inmortales como el trajinante de Cambridge Hobson, elegido por Milton.

Capítulo VII.

Hablemos ahora de cuadrúpedos españoles, ya que hemos colocado a los coches delante de los caballos. De éstos, el andaluz es el que ocupa la primera línea, es el que alcanza más precio, y los españoles, en general, le prefieren a cualquiera otra casta. Consideran su configuración y sus cualidades como lo más perfecto, y en muchos respectos llevan razón, pues no hay caballo más elegante ni más ligero de movimientos; ningún otro le iguala en tranquilidad y docilidad; ninguno más inteligente para aprender monadas o hacer maravillas de agilidad. Tiene poco de común con el caballo inglés de raza; su crin es suave y sedosa y muchas veces va trenzada con cintas de vivos colores; la cola es larga y se le deja todas las proporciones que le da la naturaleza, sin cortarla ni desmocharla, costumbre que tan mal le parecía a Voltaire:

«Fiers et bizarres anglais, qui des mêmes ciseaux,
coupez la tête aux rois, et la queue aux chevaux.»[25]

A algunos les arrastra hasta el mismo suelo, y ellos la manejan perfectamente, moviéndola a uno y otro lado, como un elegante juguetea con su bastoncillo; así es que cuando se va de viaje, es costumbre doblarla y atarla arriba, a la moda de las antiguas coletas de nuestros marineros. El caballo andaluz es de cuartos redondos, aun cuando más bien pequeño de grupa y ancho de pecho; lleva siempre la cabeza alta, sobre todo cuando va al trote; tiene patas largas, y eso favorece su alzada, que algunas veces llega a diez y seis palmos. Sin embargo, no tiene el modo de andar largo y gracioso del pura sangre inglés, pierde fácilmente el aire y vacila, y es muy frecuente que se alcance. Su paso es, no obstante, sumamente agradable. Por estar mucho tiempo trabados sus movimientos, son interrumpidos, como si los provocasen los muelles de un coche. Su típico paso castellano, muy sosegado, es algo más que el paso corriente, y no llega al trote; es realmente sosegado, parecido al movimiento de una silla de manos, y cuadra muy bien con un grave Don dado como un turco al tabaco y a la vida contemplativa. Los caballos andaluces que muy jóvenes caen en manos de los oficiales en Gibraltar, adquieren maneras completamente distintas, se entregan mejor a su trabajo y ganan mucho en velocidad domados por el sistema inglés. Pero, de todos modos, adiestrados o sin adiestrar, su paso es muy propio de caballeros, y como se lee en los versos de Beaumont y Fletcher:

«Think it noble, as Spaniard do in riding,
in managing a great horse, which is princely».[26]

Según se ha dicho en muchas ocasiones, la manera más digna de representar a un rey de España, verdadero Φιλιπποι, es a caballo, encantando al mundo con su noble apostura.

Otras varias provincias tienen razas que son más útiles, aun cuando menos vistosas que la andaluza. El caballo de Castilla es un animal fuerte y resistente, el más a propósito de España para la caballería pesada. Los caballitos de Galicia, aunque feos y bastos, son insustituíbles para aquella comarca montañosa y su laboriosa población; necesitan poco cuidado y se satisfacen con cualquier clase de forraje y maíz. Los caballos de Navarra, tan celebrados un tiempo, son aún muy apreciados por su gran fuerza; pero han degenerado por abandono en jacos, que, sin embargo, aun son bellos de formas, resistentes, muy seguros y excelentes trotadores. En la mayor parte de las ciudades grandes de España hay una especie de mercado en el que se venden caballos; pero la feria de Ronda, en mayo, es el gran Howden y Horncastle de las cuatro provincias de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada y el punto de reunión de todos los pintorescos pilletes del Mediodía. Los lectores de Don Quijote pueden estar ciertos de que la raza de Ginés de Pasamonte no se ha extinguido; los chalanes españoles o tratantes en caballos tienen muchos conocimientos; pero el más listo es un niño comparado con la perfección de bellaquería a que llega un profesional inglés en materia de transformar, arreglar y pintar un caballo.

La cría de caballos en España fué muy cuidada por los gobiernos antes de la invasión francesa, en cuya época se destruyeron y robaron los sementales y las yeguadas y se incendiaron los establos.

Las sillas que se usan, por lo común son árabes, de borrén muy alto delante y detrás; los estribos de hierro son una especie de caja triangular. El pienso es asimismo oriental y consiste en «cebada y paja», como se dice en la Biblia. Aun recordamos el horror de nuestro criado andaluz, la primera vez que llegamos a Galicia, cuando se precipitó en nuestra busca exclamando que los animales se morirían, pues no había que darles de comer más que avena y heno. Con mucha dificultad pudimos convencerle de que probase a ver si lo comían; lo cual hicieron con gran asombro suyo. Tal es, sin embargo, la costumbre, que pronto empezaron a desmejorarse y no se repusieron hasta que las brumosas montañas se cambiaron por las áridas llanuras de Castilla.