—Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.

—Es cosa original, ¿verdad?

—Sí, señor, muy original—contestó Guest.

—No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?—dijo el abogado.

—Sí, señor—contestó el pasante—ya comprendo.

Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.

—¡Cómo!—pensó.—¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la letra de un asesino?—y la sangre se le heló en las venas.