INCIDENTE DE LA VENTANA.

Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante para examinarla.

—En fin—dijo Enfield—esa historia ha concluído. No volveremos á ver al Sr. Hyde.

—Así lo creo—repuso Utterson.—¿Os he dicho que lo vi una sola vez y que experimenté la misma repulsión que vos?

—Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento—añadió Enfield.—Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo buscase y de que haya encontrado.

—Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?—preguntó Utterson—y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.

El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente iluminado por los rayos del sol poniente.

La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll.

—¡Hola! Jekyll—le gritó—supongo que estáis mejor.

—Estoy muy decaído, Utterson—contestó el doctor tristemente, con voz apagada.—No será por mucho tiempo, gracias á Dios.