—Amén, Poole—contestó el abogado.

En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la cadena, y una voz preguntó desde adentro:

—¿Sois vos, Poole?

—Yo soy—dijo Poole—abrid la puerta.

El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:—¡Bendito sea Dios! es el Sr. Utterson—corrió hacia él como queriendo abrazarlo.

—¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?—dijo el abogado con aire triste.—Es muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo.

—Todos están asustados—repuso Poole.

Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra aquellas palabras; la doncella sola dejó oir su ahogado llanto y sus gemidos.

—Callad, de una vez—le dijo Poole, con un acento tan brutal que demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación, todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los rostros.