Me levanté de mi asiento no sin dificultad, y le entregué lo que pedía.
Diome las gracias con un gesto adecuado, midió algunas gotas de la tintura encarnada y añadió uno de los polvos. La mezcla, que al principio era de un color rojizo, á medida que los cristales se deshacían comenzó á adquirir un color más vivo, á hervir visiblemente, luego echó como una nubecilla de vapor. De pronto, cesó la ebullición, y la mezcla adquirió un color de púrpura obscuro, pasando después lentamente á un verde agua. El desconocido, que había seguido con mirada muy atenta todas aquellas metamórfosis, se sonrió, colocó el vaso sobre la mesa, y volviéndose hacia mí y mirándome con un aire muy grave, me dijo:
—Ahora hay que tomar una determinación en cuanto á lo que resta que hacer. ¿Queréis ser prudente? ¿queréis ser conducido? ¿queréis que me lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una palabra más? ¿Ó bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad antes de contestar, pues se hará lo que mandéis. Si queréis, quedaréis como antes, tal cual estáis ahora, ni más rico ni más sabio, á menos que la conciencia de haber prestado un servicio á un hombre puesto en un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza espiritual. Ó si preferís escoger el otro camino, un nuevo reino de ciencia, nuevas vías que conducen á la fama y al poderío os serán abiertas, aquí ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra vista quedará confundida por un prodigio que haría vacilar, que conmovería la incredulidad del mismo Satanás.
—Señor—contesté, haciendo creer en una calma y tranquilidad que estaba lejos de tener—habláis con enigmas, y no os sorprenderá el que escuche vuestras palabras sin darles mucho crédito; pero he ido demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme antes de haber visto el final.
—Bien está—replicó el desconocido.—Lanyón, recordáis vuestros juramentos; lo que va á acontecer se halla colocado bajo el sagrado secreto de nuestra profesión. Y ahora, vos, que desde largo tiempo estáis encadenado á las concepciones más estrechas y más materiales, vos que habéis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que habéis hecho burla de vuestros superiores, ¡mirad!
Llevó el vaso á los labios y bebió su contenido de un solo trago. Á esto siguió un grito; bamboleó, tropezó, cogió la mesa para apoyarse, y continuó sus movimientos, con los ojos extraviados é inyectados en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se producía un cambio, según mi imaginación; íbase hinchando, su rostro se volvió negro de repente y las líneas fisonómicas parecieron fundirse y modificarse, y un instante después, me puse en pie, retrocedí hasta la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme contra aquel milagro, y con mi espíritu anonadado por el terror:—¡Oh, Dios!—exclamé aterrorizado;—¡Oh, Dios!—dije varias veces; ¡pues allí, delante de mi vista, pálido, tembloroso, medio desfallecido, palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba Enrique Jekyll!
Lo que me dijo durante la hora siguiente me es imposible reconcentrar suficientemente el espíritu para escribirlo. Vi lo que vi, oí lo que oí, y mi alma iba enfermando; y hoy que aquella visión se borra de mis ojos, me pregunto á mí mismo si creo en ella, y no puedo contestar. Mi vida está resentida hasta en los cimientos; un terror mortal se apodera de mí continuamente, noche y día; comprendo que mis días están contados y que es preciso morir; y lo que es más, moriré incrédulo.
En cuanto á la ignominia moral que ese hombre enseñó ante mí, ni con lágrimas de penitencia, podría, ni aun como recuerdo, pensar en ella sin estremecerme de horror. Sólo puedo decir una cosa, Utterson, y será (si podéis creerla cierta) más de lo necesario.
Ese ser que se arrastró aquella noche por mi casa, era, según confesión del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos los rincones del país como asesino de Carew.