—Supongo, Lanyón—dijo—que vos y yo debemos ser los dos amigos más viejos que tiene Enrique Jekyll.

—Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes—contestó riéndose el Dr. Lanyón;—pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo ahora...

—¿Cómo?—exclamó Utterson—yo creía que teníais intereses comunes.

—Los hemos tenido—repuso el doctor—pero desde hace diez años, el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí. Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él, á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes ideas—añadió el doctor poniéndose encarnado—hubieran hecho reñir á Damón y Pythias.

Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó la pregunta objeto de su visita:

—¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde?

—¿Hyde?—repitió Lanyón.—No, jamás he oído nada de él. Su amistad debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias.

Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por la duda.

Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su problema.