Esta pregunta no fué contestada con tanta exactitud. Según el Caballero, los disparos hechos sobre el costado Norte eran unos siete, y ocho ó nueve según el cómputo de Gray. De los lados Este y Oeste sólo un tiro había partido. Era, pues, indudable, que el ataque iba á verificarse sobre el lado Norte, y que en los tres costados restantes solamente se nos iba á molestar con un aparato de hostilidades. Sin embargo, el Capitán Smollet no hizo el menor cambio á sus disposiciones anteriores. Si los sublevados logran salvar la empalizada y posesionarse de algunas de nuestras troneras no ocupadas, de seguro que nos van á fusilar impunemente como á ratas, dentro de nuestra misma fortaleza.

Pero no se nos dió mucho tiempo para deliberaciones. Repentinamente con un fuerte grito de ¡Arriba! una pequeña nube de piratas saltó de entre los árboles, en el lado Norte y se precipitó directamente sobre la estacada. En el mismo instante los tiradores ocultos en el bosque abrieron el fuego nuevamente y una bala de rifle silbó á través de la puerta y, golpeando sobre el mosquete del Doctor, se lo hizo literalmente añicos.

Los asaltantes se encaramaron sobre la empalizada como monos: el Caballero y Gray hicieron fuego una y otra y otra vez, y tres hombres de aquellos cayeron, uno, dentro del recinto de la empalizada, y dos hacia fuera, aunque de estos últimos uno parece que estaba más azorado que herido, porque no tardó casi nada en ponerse en pie y desaparecer en un abrir y cerrar de ojos entre los árboles.

Dos, pues, habían mordido el polvo, uno había huído y cuatro habían ya logrado entrar de pie firme en el recinto de nuestra defensa, mientras que, al abrigo de los árboles siete ú ocho hombres, cada uno de los cuales tenía evidentemente un surtido de varios mosquetes, mantenían un fuego vivo y nutrido, aunque sin el menor resultado, contra los muros de nuestro reducto.

Los cuatro que se habían arriesgado al asalto se lanzaron derechos sobre el edificio, animándose mutuamente con gritos, y sintiéndose alentados por los hurras de los tiradores del bosque. Se hizo fuego sobre ellos varias veces, pero se movían con tal rapidez y era tal la prisa de nuestros tiradores que no se logró que ninguna de sus balas diera en el blanco. En un momento los cuatro piratas habían trepado el declive de la loma y estaba ya sobre nosotros.

La cabeza de Job Anderson apareció en la tronera del centro gritando con una voz de trueno:

—¡Todos á ellos! ¡todos á ellos!

Al mismo instante otro pirata logró apoderarse del mosquete de Hunter cogiéndoselo violentamente por el cañón y descargó sobre aquel leal un golpe tan tremendo que lo hizo rodar en tierra sin sentido. Entre tanto, un tercero corrió sano y salvo en torno de la casa y apareció súbitamente en la puerta cayendo sobre el Doctor, cuchillo en mano.

Nuestra posición había cambiado por completo. Un momento antes peleábamos nosotros á cubierto y el enemigo á campo raso; ahora nosotros éramos los descubiertos é imposibilitados para volver golpe por golpe.

El interior del reducto estaba lleno de humo á cuya circunstancia debimos, en parte, nuestra salvación relativa. Gritos, confusión, relámpagos de armas de fuego, detonaciones y un gemido muy prolongado y perceptible, todo esto repicaba de una manera atronadora en mis oídos.