—¡Cielos, cielos santos! grito mi madre, ¡qué desgracia sobre nuestra casa, y con tu pobre padre enfermo!

Entre tanto á mí no se me ocurría la más insignificante idea sobre lo que pudiera hacerse para socorrer al Capitán, pareciéndome seguro que había sido herido de muerte en su encarnizado combate con aquel extraño. Traje el rom para asegurarme de ello y traté de hacerlo pasar á su garganta; pero tenía los dientes terriblemente apretados los unos contra los otros y sus quijadas estaban tan duras como si hubieran sido de acero. Fué para nosotros, entonces, un grandísimo alivio el ver abrirse la puerta y aparecer en ella al Doctor Livesey que venía á hacer á mi padre su visita cuotidiana.

—¡Oh, Doctor! exclamamos mi madre y yo á la vez. ¿qué haremos? ¿en dónde estará herido?

—¿Herido? dijo el Doctor; ¡qué va á estarlo! ni más ni menos que ustedes ó yo. Este hombre acaba de tener un ataque como yo se lo había pronosticado. Ahora bien, Mrs. Hawkins, corra Vd. arriba y, si es posible, no diga Vd. á nuestro enfermo ni una palabra de lo que pasa. Por mi parte, mi deber es tratar de hacer cuanto pueda por salvar la vida tres veces inútil de este hombre. Anda pues, tú, Jim, y trae luego una palangana.

Cuando volví, trayendo lo que se me pidió, el Doctor había ya descubierto el nervudo brazo del Capitán, desembarazándolo de sus mangas. Todo él aparecía pintado con esas figuras indelebles que se dibujan en el cuerpo los marineros y los presidiarios. “Buena suerte” decía una de sus inscripciones; y en otras, “Vientos prósperos,” “Caprichos de Billy Bones” se podía leer en caracteres claros y cuidadosamente ejecutados sobre el antebrazo. Un poco más arriba, cerca del hombro, se veía un esbozo de patíbulo y pendiente de él un hombre ahorcado, todo ello, según á mí me pareció, ejecutado con bastante destreza y propiedad.

—¡Profético! dijo el Doctor, tocando este último dibujo con su dedo. Y ahora, Maese Billy Bones, si tal es su nombre, vamos á ver de qué color es su sangre. Jim, añadió, ¿tendrás tú miedo de la sangre?

—No, señor, le contesté.

—Está bien, replicó él; entonces ténme la palangana.

Tomó acto continuo su lanceta y con gran habilidad picó una vena.

Una gran cantidad de sangre salió antes de que el Capitán abriera los ojos y echase en torno suyo una mirada vaga y anublada. Reconoció luego al Doctor á quien miró con un ceño imposible de equivocar; en seguida me miró á mí y mi presencia pareció aliviarlo un tanto. Pero de repente su color cambió de nuevo; trató de enderezarse por sí solo y exclamó: