Trabajé como una furia, porque á cada instante esperaba verme sumergido, y tan luego como ví que me era imposible dirigir mi barquichuelo de modo de salir resueltamente del círculo que describía la goleta, preferí empujarlo en derechura hacia la popa. Por último me ví libre del alcance de mi peligrosa vecina, pero en el instante mismo en que imprimía el último impulso á mi coracle mis manos tropezaron con una cuerda ligera que la goleta iba arrastrando á popa, de sobre la borda. Rápida é instintivamente me apoderé de ella.

¿Qué fué lo que dictó ese movimiento? Me sería muy difícil explicarlo: fué, como antes dije, un acto de mero instinto; pero no bien tuve en mis manos aquel cabo y me cercioré de que estaba bien sujeto por arriba, la curiosidad comenzó á sobreponerse en mí á todo otro sentimiento y determiné satisfacerla, echando una ojeada al interior del buque á través de la ventanilla de popa.

Fuí avanzando una mano y después otra por la cuerda, y cuando me creí á buena distancia, no sin un inmenso peligro, me icé cuidadosamente hasta una altura doble que la elevación de mi cuerpo, poco más ó menos, lo cual me permitió pasear la vista por el techo y una parte del interior de la cámara.

Á este punto tanto la goleta como su microscópico apéndice se iban ya escurriendo con bastante velocidad sobre las aguas y no cabía duda de que nos hallábamos á la altura del campamento de los piratas. El navío, como dicen los marineros, iba hablando en voz alta, hollando los incontables borbollones, con un bamboleo incesante y desordenado. No bien hube visto á través de la porta, comprendí por qué razón aquel bamboleo extraño no había provocado alarma alguna en los vigilantes de la goleta. Una ojeada me bastó para explicármelo, y debo añadir que una ojeada fué todo lo que me atreví á aventurar, desde aquel inseguro apoyo. Lo que ví fué que Hands y su compañero estaban allí encerrados juntos, empeñados en un combate encarnizado, cada uno con la mano echada á la garganta de su adversario.

Me deslicé otra vez sobre el travesaño de mi esquife, y á fe que ya era tiempo, pues con un segundo más de dilación habría sido hombre al agua infaliblemente. No podía ver nada por el momento, á no ser aquellas dos horribles caras amoratadas por la furia, retorciéndose en gestos abominables bajo la humeante lámpara: tuve, pues, que cerrar los ojos para acostumbrarlos de nuevo á la oscuridad por algún rato.

Cuando esto pasaba, la balada aquella cantada en el campamento, que amenazaba durar eternamente, había concluído ya, y la bien sisada compañía de piratas, reunida en torno del fuego, prorrumpía á la sazón en aquel coro que tan conocido me era:

Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,
Son quince ¡yo—ho—hó! son quince ¡viva el rom!
El diablo y la bebida hicieron todo el resto,
El diablo ¡yo—ho—hó! el diablo ¡viva el rom!

Precisamente, pensaba yo, á aquella misma hora ¡qué ocupados andaban la bebida y el diablo en la cámara de La Española! En esto sorprendióme sobremanera sentir que mi esquife zozobraba repentinamente; guiño de una manera viva y pareció cambiar de dirección. Observé, al mismo tiempo, que la rapidez de la marcha aumentaba de una manera extraña.

La sacudida me había obligado á abrir los ojos. En todo mi derredor advertí pequeñas hinchazones del agua que se entumecía acompañada de un sonido agudo y áspero, y presentaba reflejos fosforescentes. La misma Española, en cuya estela iba yo arrastrado á pocas yardas de distancia, me pareció que tambaleaba en su curso y que sus mástiles y cordaje se echaban un poco de lado, contra la negrura de la noche; más aún: examinando con más atención, no me cupo duda de que la goleta iba rodando rumbo al Sur.

Dí una rápida ojeada sobre mi hombro y el corazón me dió un vuelco terrible, presa del espanto. Allí, precisamente á mi espalda se veía el resplandor de la hoguera del campamento. La corriente había volteado en ángulo recto, barriendo con ella en su curso rápido, lo mismo al alto buque que al diminuto y danzarín coracle. Y á cada instante su velocidad aumentaba, y cada vez brotando más altas sus burbujas, cada vez murmurando más y más recio corría y corría alejándose á través del estrecho para engolfarse en alta mar.