El cocinero de La Española se quitó, al punto, la pipa de la boca y de una manera firme y resuelta, pero apenas perceptible, me habló así:
—Pronto, ven acá, Hawkins. Debes comprender que la cuchilla de la muerte está colgada de un solo cabello sobre tu cabeza y, lo que es todavía peor, acompañada de tormentos. En este instante van á deponerme de mi cargo. Pero no importa, fíjate en ésto: yo permanezco firme de tu lado, venga lo que viniere. No era esto lo que yo me proponía al principio, ¡no por cierto! Pero después de que hablaste ya fué otra cosa. Me desesperaba la idea de perder todas mis bravatas y salir derrotado en el negocio. Pero he visto que tú eres el hombre que yo necesito. Me dije entonces á mí mismo: “John, tú ponte del lado de Hawkins y él estará al lado tuyo del mismo modo. Tú eres para él la última carta del juego, y por tu patrón Satanás, John, que él puede ser también la tuya!” Ayuda por ayuda, me dije: tú, Silver, salvas á tu testigo y él salvará tu pescuezo, de la horca!
Aunque confusamente comencé á comprender.
—¿Quiere Vd. decir que todo está perdido?, le pregunté.
¡Ah! ¡por el infierno que sí!, me respondió. El buque ido, cuesta el pescuezo: he allí la situación en dos palabras. Una vez que yo eché una mirada á esa bahía, Jim Hawkins, y ví que no había ya goleta sobre qué contar... yo soy duro y correoso, pero con todo, puedes creer que me sentí desorientado. En cuanto á ese grupo y su concejo, te digo que no son más que unos estúpidos y cobardes. Yo te sacaré salvo de entre sus garras, en cuanto de mí dependa; pero lo dicho, Jim, servicio por servicio, tú salvas á tu amigo Silver de la horca.
Me sentía anonadado y aturdido. Parecíame una cosa tan sin visos de esperanza lo que él me pedía... él,... el viejo pirata, ¡el cabecilla de la rebelión!
—Lo que esté en mi mano hacer, eso haré, le respondí.
—¡Pues trato hecho!, exclamó John Silver. Tú has sabido hablar con valor y con fiereza y ¡por el infierno! yo sabré cumplirte mi palabra.
Se adelantó luego hacia la antorcha que estaba, como he dicho antes, encajada entre la leña, y allí volvió á encender su pipa que se había apagado.
—Entiéndeme bien, Jim, prosiguió en seguida: yo tengo una verdadera cabeza sobre mis hombros. Lo que es ahora, nadie es más partidario del Caballero que yo. Comprendo muy bien que tú has puesto á salvo ese buque en alguna parte... ¿Cómo?, no lo sé; pero sí afirmo que está en seguro. Tal vez lograste reducir y convencer á Hands y á O’Brien. Yo nunca tuve en ellos una gran fe. Pero, fíjate en ésto: yo nada pregunto ni dejaré que los otros pregunten. Yo sé y conozco bien cuándo un juego está de punto, ¡sí señor! Pues te aseguro, chico, que lo que es éste, ¡ya quema! ¡Ah! tú eres un niño todavía; pero tú y yo juntos ¡cuántas y cuan buenas cosas pudiéramos haber hecho!