La explosión de descontento, mal reprimida por las miradas terribles de Silver, se produjo no bien el Doctor salió del reducto. Silver fué rotundamente acusado de jugar doble; de intentar una reconciliación especial para sí; de sacrificar los intereses de sus cómplices y víctimas y, en una palabra, de hacer precisamente lo mismo que en realidad estaba haciendo. Me parecía aquello, á la verdad, tan claro, que no me era posible imaginar como podría él desarmar su furia. Pero lo cierto es que él solo valía doble, como hombre, que todos aquellos juntos, y que su triunfo de la víspera le había asegurado una sólida preponderancia sobre el ánimo de cada cual. Díjoles muy formalmente la mayor sarta imaginable de sandeces y tonterías, para convencerlos; añadió que era preciso de todo punto que hablase yo con el Doctor; les paseó una vez más la carta por delante de los ojos y concluyó por preguntarles si alguno se atrevía decididamente á romper los tratados el día mismo en que se les permitía ponerse ya en busca del tesoro.
—¡No! ¡por el infierno!, exclamó. Nosotros somos los que debemos romper el tratado, pero hasta su debido tiempo. Entre tanto yo he de mimar y embaucar á ese Doctor, aun cuando me viera obligado á limpiarle sus botas personalmente.
Dicho esto les ordenó que arreglasen el fuego y se lanzó afuera, sobre su muleta y apoyando una de sus manos sobre mi hombro, dejándolos desconcertados y silenciosos; pero más embotados por su palabrería que convencidos con sus razones.
—¡Despacio!, chico, ¡despacio!, díjome moderando la rapidez de mi marcha. Podríamos hacerlos caer sobre nosotros en un abrir y cerrar de ojos, si viesen que nos apresurábamos demasiado.
Ya entonces deteniéndonos con toda deliberación nos adelantamos á través de la arena basta el punto en que, habiendo ya cumplido la condición, el Doctor esperaba al otro lado de la empalizada.
—Vd. tomará nota de lo que hago en este momento, Doctor, dijo Silver en cuanto que llegamos á distancia de poder hablar. Además Jim le contará á Vd. cómo he salvado anoche su vida, y cómo fuí depuesto por sola esa razón, no lo olvide Vd. Doctor, cuando un hombre hace cuanto está en su poder por dar á su embarcación el rumbo cierto, como yo lo hago; cuando con sus postreros esfuerzos trata aún de jugar al hoyuelo, ¿cree Vd. que será mucho conceder á semejante hombre el decirle una palabra de esperanza? Vd. no debe perder de vista que ahora no se trata ya simplemente de mi vida, sino de la de este muchacho, que está comprometida en nuestro trato; así, pues, hábleme Vd. claro, Doctor y déme siquiera un rayo de esa esperanza que solicito, para seguir en mi obra; hágalo Vd. por favor.
Silver era, en aquel momento, un hombre totalmente diverso del que parecía antes de volver la espalda á sus amigos. Allí estaba ahora, con la voz trémula, con las mejillas caídas, y con toda la apariencia de una persona muerta positivamente.
—¿Qué es eso, John?, díjole el Doctor. ¡Me figuro que no tiene Vd. miedo!
—Doctor, replicó él. Yo no tengo de cobarde ni tanto así. Si lo fuera no lo confesaría. Pero es el caso que creo ya sentir los horrendos estremecimientos del patíbulo. Vd. es un hombre bueno y leal; yo nunca ví sujeto mejor que Vd. Así, pues, lo que deseo es que Vd. no se olvide de lo bueno que yo haya hecho y procure olvidar lo malo. Con esto, me hago ya á un lado, vea Vd., aquí, para dejarlos á Vds. hablar á solas. Y quiero que añada Vd. esto más á mi favor también, pues estamos pasando por una situación más que espinosa.
Diciendo esto se retiró un poco hacia atrás hasta colocarse donde no pudiera oirnos, y allí tomó asiento en el tronco de uno de los abetos cortados y comenzó á silbar, girando en torno de su asiento una y otra con el objeto de vigilar tanto á mí y al Doctor, como á sus insubordinados secuaces de allá arriba que se ocupaban en ir de aquí para allá en la arena arreglando el fuego y yendo y viniendo á la cabaña de la cual sacaban tocino y pan para confeccionar su almuerzo.