Al ponernos en movimiento no dejó de suscitarse alguna discusión acerca del mapa. Por de contado la cruz roja era demasiado grande para que por sí sola pudiera servirnos de guía, y los términos en que estaba concebida la nota á espaldas del pergamino no dejaban de contener alguna ambigüedad. Como se recordará, decían así:
“Árbol elevado en el declive del ‘Vigía’ en dirección de Norte á Nor-Nordeste.
“Islote del Esqueleto, Este Sudeste, cuarta al Este.
“Diez pies.”
Un árbol elevado era la seña principal. Ahora bien; precisamente frente á nosotros, el ancladero estaba ceñido por una meseta de dos á trescientos pies de elevación, juntándose hacia el Norte con la pendiente Sur de “El Vigía” y alejándose otra vez, en dirección Sur, hacia la eminencia abrupta y rocallosa designada con el nombre de Cerro de Mesana. Toda la cima del declive estaba espesamente arbolada con pinos de diversas alturas. Aquí y allá, alguno, de especie diferente, se alzaba cuarenta ó cincuenta pies sobre las cumbres de los que lo rodeaban... ¿cuál de estos era, entonces, el que estaba especialmente designado por el Capitán Flint con el nombre de “árbol elevado?” Esto no podía decidirse sino sobre el sitio mismo con las indicaciones precisas de la brújula.
Pero aunque esto último era palmario, cada uno de los que tripulaban los botes eligió su árbol favorito, antes de que estuviéramos á medio camino, y sólo John Silver permanecía encogiéndose de hombros y diciendo á sus gentes que se esperasen hasta estar en tierra.
Remamos sin hacer grandes esfuerzos, conforme á las instrucciones de Silver, para no cansarnos prematuramente, y después de una travesía, no muy corta por cierto, desembarcamos cerca de la boca del segundo riachuelo, el que corre, tierra abajo, por una de las más arboladas cuencas del “Vigía.” Una vez desembarcados, volvimos nuestros pasos sobre la izquierda y comenzamos á ascender el declive del terreno hacia la meseta superior.
Al principio, un terreno pesado y cenagoso y una tupida vegetación de marjal demoraron en gran manera nuestra marcha; pero poco á poco la loma se iba escarpando un poco, ofreciéndonos ya camino un tanto pedregoso, al par que la vegetación aparecía con otro carácter muy diverso, presentando sus árboles en una disposición más abierta y ordenada. Positivamente la parte de la isla en que íbamos entrando era la más grata de toda ella. Finas retamas de un aroma delicioso y arbustillos vestidos de flores habían ocupado casi enteramente el lugar del césped. Pequeños boscajes de verdegueantes mimosas se apretaban aquí y allá entre las erguidas columnas de los pinaletes y bajo su sombra protectora, mezclando todos aquellos vegetales y flores sus esencias y sus perfumes en un solo perfume que embriagaba los sentidos. La brisa, además, era fresca y regeneradora, lo cual, bajo los destellos clarísimos del sol, refrigeraba y tonificaba asombrosamente todos nuestros sentidos.
Los expedicionarios se desparramaron en forma de abanico, gritando y saltando como chicuelos. Hacia el centro y bastante atrás del cuerpo de expedicionarios, seguíamos Silver y yo; él tropezando á cada paso en las resbaladizas piedras, y yo, tras él, tirado por la cuerda á que me he referido. Empero, de cuando en cuando me veía precisado á sostenerle, porque, de lo contrario, hubiera perdido el pie y caído de espaldas, loma abajo. De esta manera habíamos avanzado como por una media milla y ya casi tocábamos al borde de la meseta cuando el hombre que caminaba más alejado hacia nuestra izquierda comenzó á gritar con todas sus fuerzas, con un marcado acento de terror. Una vez y otra y otra llamaba á sus compañeros; ya éstos comenzaban á correr hacia él.
—Se me figura que no ha de haber encontrado la hucha, dijo el viejo Morgan pasando del lado derecho junto á nosotros en dirección del que gritaba. Esta es una cumbre muy pelada para haber hecho tal descubrimiento.