—Era un diablo bien horroroso el tal Flint, exclamó el tercer pirata. ¡Con aquella eterna cara de murria!
—Fué el rom el que le produjo aquel tinte azulado y aquella expresión de esplín; aunque “murria” como tú dices, me supongo que es una mejor palabra.
Desde que habíamos descubierto el esqueleto de Allan y dado margen con él á esta clase de pensamientos, la voz de los piratas había ido bajando, bajando, hasta que, en aquel punto, ya no era casi más que un ligero murmullo cuyo sonido escasamente podría decirse que interrumpiese el silencio misterioso de la selva.
De repente, como del medio de los árboles que había frente á nosotros, una voz aguda, penetrante, temblorosa, prorrumpió en la lúgubre y conocida cantilena:
“Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,
Son quince ¡yo—ho—hó! son quince ¡viva el rom!”
Jamás he visto ni espero volver á ver hombres más horriblemente asustados que los piratas. Como por arte de encantamiento sus caras se quedaron, de súbito, lívidas como la cera: algunos se pusieron de pie; algunos se asieron trémulos y trastornados al brazo ó á la ropa del más cercano; Morgan murmuró, sin levantarse, palabras sin sentido.
—¡Ese es Flint, por el infierno!, exclamó Merry.
La canción aquella había cesado de una manera tan súbita como empezó; cortada, podía decirse, como si alguien hubiera cubierto bruscamente con su mano la boca del cantor. Viniendo de la distancia á que venía á través de la atmósfera clara y luminosa y de entre las cumbres de los árboles, me pareció á mí que la voz aquella había sonado dulce y airosa, y lo que había que extrañar era el efecto producido sobre mis compañeros.
—¡Vamos!, dijo Silver pugnando con sus labios cenicientos por hacer salir las palabras, ¡Esa no pega! Á otro perro con ese hueso. Ese es alguno que comienza á ponerse la mona y se va por allí haciéndonos la calandria; es alguno que tiene su carne y huesos, no lo duden Vds.