—Tiene Vd. razón que le sobra, replicó John. Pero lléveme el diablo si ni á mí ni á Vd. nos importa que sea lo uno ó lo otro.

—No creo que tenga Vd. muchas pretensiones á ser considerado un miembro real de la humanidad, dijo el Doctor, con una mirada de desprecio para su interlocutor; por lo mismo, Maese Silver, es muy probable que mis sentimientos le sorprendan á Vd.; pero si yo tuviera la certeza moral de que los tres están delirando, como la tengo de que uno, por lo menos, debe estar postrado por la fiebre, crea Vd. que dejaría al punto este campo y á riesgo de mi propio pellejo, iría á llevarles los auxilios de mi profesión.

—Vd. me perdonará mucho, señor, si le digo que ese sería un gran error, añadió Silver. Vd. perdería con toda certeza su preciosa vida y no le quepa á Vd. duda de ello. Yo estoy ahora en las filas de Vds., en cuerpo y alma, y no consentiría yo jamás en que se debilitara nuestra fuerza, dejando á Vd. ir solo, á Vd. á quien muy bien sé todo lo que debo. Además, aquellos hombres no sabrían nunca mantener su palabra, aun suponiendo que se lo propusieran, y—lo que es peor todavía—nunca podrían tener fe en la promesa de un hombre de honor como Vd.

—Es verdad, dijo el Doctor; pero, en cuanto á hombres que cumplen su palabra, allí está Vd. que se pinta solo para ello.

Ahora bien, aquellas fueron casi las últimas noticias que tuvimos de los tres piratas. Sólo una vez oímos un disparo lejano, y supusimos que andarían cazando. Celebramos, á propósito de ellos, consejo de guerra, y se les sentenció á ser abandonados en la isla, con indecible regocijo de Ben Gunn y con la más cordial aprobación de Gray. Les dejamos un abundante surtido de pólvora y balas, todas las provisiones de carne salada por Ben, algunas medicinas, ropa, una pequeña vela, algunas brazas de cuerda, aperos de labranza y otros muchos útiles y, por deseo expreso del Doctor, una buena cantidad de tabaco como el mejor regalo, según él.

Esto fué casi ya lo último que hicimos en la Isla del Tesoro. Antes de esto ya habíamos embarcado cuidadosamente todo el oro, lo mismo que agua en abundancia, y víveres de sobra para el caso de algún accidente, por lo cual, en una mañana, por cierto muy hermosa, levamos el ancla, que era todo lo que nos restaba que hacer; y levantando al tope de nuestro palo mayor la misma bandera que izara el Capitán en la empalizada y bajo la cual peleamos, salimos mansamente afuera de la Bahía del Norte.

Los tres rebeldes deben haber estado á la mira de nuestros movimientos más cerca de lo que nosotros creíamos. Comprobó este aserto el hecho de que, al cruzar el estrecho que da paso al mar abierto, tuvimos que ir casi costeando la punta Sur y allí los divisamos á todos tres en una pequeña eminencia de arena, arrodillados, y tendiéndonos los brazos con aire suplicante. Lo que hacíamos era muy en contra de nuestros sentimientos, dejándolos en aquella isla salvaje y abandonada; pero era imposible exponernos á los riesgos de un nuevo motín á bordo, y llevarlos á bordo para entregarlos al verdugo en Inglaterra hubiera sido una compasión de una especie enteramente cruel. El Doctor les dió voces avisándoles de las provisiones de todo género que les dejábamos y el punto en donde podrían encontrarlas. Empero ellos continuaban llamándonos á todos por nuestros nombres con unos gritos que partían el corazón, y pidiéndonos que por el amor de Dios no los condenáramos á morir en semejante paraje.

Por último, viendo que el buque seguía inflexiblemente su marcha y se iba ya poniendo fuera del alcance de la voz, uno de ellos, que bien sé cual fué, se puso en pie de un salto lanzando un grito ronco, apoyó el mosquete en su hombro, apuntó é hizo fuego, lanzando una bala que pasó casi rozando la cabeza de Silver y perforó la vela mayor.

Después de esto nos pusimos á cubierto tras la balaustrada de cubierta, y cuando, algún rato después, saqué la cabeza para verlos, habían ya desaparecido de sobre la eminencia de arena, y la eminencia misma se fué perdiendo poco á poco en la bruma de la distancia. Aquel fué, en realidad, el fin del drama representado en la Isla del Tesoro; y como á eso de mediodía, con indecible regocijo de mi ánima, la punta más elevada, la del “Vigía,” se sumergía, por fin, en la azul inmensidad del océano.

Nuestra tripulación era tan escasa que cada uno de nosotros tenía precisión de prestar su ayuda personal á la maniobra, excepto el Capitán que tendido á popa sobre un colchón, daba sus órdenes con toda propiedad, pues aunque ya muy mejorado de su grave herida, tenía aún que guardar una inmovilidad casi absoluta.