Muy poco más había en el libro, excepto determinaciones geográficas de algunos lugares anotados en las hojas en blanco hacia el fin del cuaderno, y una tabla para la reducción de monedas francesas, inglesas y españolas á un valor común.

—¡Hombre arreglado! exclamó el Doctor; no era á él á quien podían hacérsele trampas, de seguro.

—Ahora, prosiguió el Caballero, veamos esto otro.

El papel cuyo exámen seguía, estaba sellado en diversos puntos, habiéndose usado un dedal por vía de sello, tal vez el mismo que había yo encontrado en la bolsa del Capitán. El Doctor abrió los sellos con gran cuidado y apareció entonces el mapa de una isla, con su latitud, longitud, sondas, nombres de montañas, bahías, caletas, abras, y todos los pormenores necesarios para poder llevar un buque á anclar á salvo en sus costas. Parecía como de unas nueve millas de largo y cinco de ancho, teniendo la figura de una especie de dragón en pie, y presentaba dos magníficos fondeaderos, perfectamente cerrados y una eminencia en la parte central marcada con el nombre de “El Vigía.” Veíanse algunas adiciones hechas en fecha más reciente, pero lo que más saltaba á la vista eran tres cruces marcadas con tinta roja, dos en la parte norte de la isla y una al sudoeste, y además, escrito con la misma tinta encarnada en caracteres muy claros y elegantes, bien distintos de la tosca escritura del Capitán, estas tres significativas palabras “Aquí el tesoro.”

Por detrás, la misma mano había trazado estas explicaciones complementarias.

—“Un grande árbol, en la vertiente de ‘El Vigía,’ en dirección al N.-N.N.E.

Islote del Esqueleto E.S.E. cuarta al E.

Diez pies.

La gran barra de plata está en el hoyo del lado Norte; puede encontrársela siguiendo el declive del montecillo al Este, diez brazas al Sur del peñasco negro frente á él.

Las armas se encontrarán fácilmente en la loma de arena que está en la punta Norte del fondeadero septentrional, en dirección Este, cuarta al Norte.—J. F.