—Bueno ¿quién tiene más derecho de hacerlo? murmuró el guarda-caza. Apuesto una botella de rom á que el Caballero puede muy bien hablar sin esperar el permiso del Dr. Livesey.

Después de esto creí prudente dar de mano á todo comentario y continué leyendo:

“Blandy en persona dió con La Española, y con una habilidad que le admiro, la compró por una verdadera bicoca. Hay aquí en Brístol ciertos hombres monstruosamente hostiles al pobre Blandy. Parece que andan por esas calles de Dios pregonando que mi honrado y excelente amigo no ha hecho más que una grosera especulación; que La Española era propiedad suya y que todo lo que hizo fué vendérmela á un precio absurdamente alto. Todas esas no son más que calumnias evidentes, y lo cierto es que ninguno de sus autores se atreve á negar las excelentes cualidades de nuestra goleta.

“Empero él, dije, no contaba ni con una sola vuelta-de-cabo. Los trabajadores, ó por mejor llamarlos, los aparejadores han andado verdaderamente á paso de tortuga. Pero esto no era sino obra de pocos días. Lo que me preocupaba era la tripulación.

“Yo quería una veintena redonda de hombres—en caso de ser del país, filibusteros; ó bien de los aborrecidos franceses—pero parece que lo hacía el diantre mismo, el caso es que yo no daba ni con la mitad de lo requerido, hasta que un verdadero golpe de fortuna me trajo al hombre que yo necesitaba.

“Un día estaba yo parado en el muelle cuando, por mera casualidad, entré en conversación con él. Me encontré con que es un viejo marino que tiene una especie de taberna en Brístol conocida de todos los marineros; que ha perdido su salud en tierra y que recibiría con mucho agrado una plaza de cocinero á bordo, para volver al mar de nueva cuenta. Díjome que aquella mañana andaba por allí con objeto de aspirar un poco las brisas salobres del océano.

“Conmovióme profundamente—como Vd. mismo se hubiera conmovido—y aunque no por mera conmiseración, le contraté sobre la marcha, para cocinero de nuestra goleta. John Silver es su nombre y tiene una pierna menos, lo cual es á mis ojos una recomendación, puesto que la ha perdido en defensa de su patria, bajo las órdenes del inmortal Hawke. No goza de pensión alguna, Livesey... dígame Vd. ¡en qué tiempos tan abominables vivimos!

“Ahora bien, amigo mío; al principio creí no haber encontrado otra cosa que un simple cocinero; pero fué, en realidad, toda una tripulación lo que yo descubrí. Entre Silver y yo hemos conseguido, en una semana, la más cumplida y característica tripulación que pudiera apetecerse; no de aspecto grato ni sonriente á la verdad, sino sujetos, á juzgar por sus caras, del más esforzado é indomable espíritu. Me atrevo á declarar que podríamos muy bien derrotar á una fragata de guerra.

“Silver ha llevado su escrupulosidad hasta licenciar á unos dos de los hombres que yo tenía ya ajustados. Sin gran trabajo me demostró en un momento oportuno que los aludidos no eran más que unos lampazos de agua dulce que para nada nos servirían, y que antes bien nos estorbarían en un caso de apuro.

“Me siento con la más excelente salud y en admirable disposición de ánimo: cómo como un toro, duermo como un tronco y sin embargo no me daré punto de tregua ni de reposo hasta que no oiga y vea á mis viejos lobos marinos maniobrar en torno del cabrestante. ¡Á la mar! ¡pronto á la mar! ¡Á sacar ese tesoro! La locura de las glorias marítimas se ha apoderado de mi cabeza. Así, pues, Livesey, véngase volando: si en algo me estima Vd. no pierda ni un minuto.