Este último era un hombre de aspecto severo que parecía disgustado con todo, á bordo de nuestra goleta, y pronto iba á decirnos por qué, pues no bien habíamos entrado al salón principal, cuando un marinero vino tras de nosotros y dijo:

—Caballero: el Capitán Smollet desea hablar con Vd.

—Siempre estoy á las órdenes del Capitán, contestó el Caballero. Hágale Vd. pasar adelante.

El Capitán que estaba muy cerca de su mensajero entró en el acto y cerró la puerta tras de sí.

—Ahora bien, Capitán Smollet, ¿qué es lo que Vd. tiene que decirnos? Supongo que todo aquí marcha y está arreglado como entre buenos navegantes y verdadera gente de mar.

—Vea Vd., señor, contestó el Capitán, creo que hablar sin rodeos es siempre lo más práctico, aun á riesgo de parecer que se ofende. Hé aquí mi opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me gusta mi segundo á bordo: esto es hablar claro y en plata.

—Tal vez, señor mío, ¿tampoco le gusta á Vd. el buque?, añadió el Caballero, bastante molesto, á lo que me pareció.

—En cuanto á eso nada puedo decir, puesto que no lo he visto moverse aún. Á la simple vista me parece un velero muy hermoso: más no puedo decir.

—Es también muy posible que le disguste á Vd. el Patrón, recalcó el Caballero.

En este punto el Doctor Livesey creyó oportuno intervenir diciendo: