Y como cortando la conversación repentinamente, añadió:
—Oye, Dick, salta y dame una manzana de aquí del barril, para remojarme un poco el gaznate.
Se comprenderá el espantoso terror que sentí al escuchar esto. Hubiera yo saltado y echado á correr, si hubiera tenido la fuerza suficiente para ello, pero no tuve ni piernas ni ánimo y permanecí inmóvil. Oí que Dick comenzaba á levantarse, pero en el instante mismo alguien lo contuvo y se oyó la voz de Hands, decir:
—¡Oh! ¡deja eso! no vas á chupar semejante pantoque, John. Echemos una ronda de lo fino.
—Tienes razón, Dick, dijo Silver. En el barril del rom tengo puesta una sonda, con su llave respectiva. Llénate una vasija y súbela en seguida.
Terrificado como estaba, no pude impedirme el pensar que así quedaba explicado el misterio de la fuente en que el piloto Arrow bebía las aguas que acabaron por matarle.
Dick se fué por un rato no muy largo, pero durante su ausencia Israel habló al oído del cocinero en voz muy baja pero animada. Yo pude apenas recoger dos ó tres frases, pero en ellas supe, sin embargo, algo interesante, pues además de otras palabras que tendían á confirmarlo, esto llegó muy distintamente á mis oídos:
—Ninguno otro de ellos quiere ya entrar en el negocio.
Claro era, por lo tanto, que todavía nos quedaban hombres leales á bordo.
Cuando Dick volvió, cada uno de los del terno aquel tomó sucesivamente la vasija del rom y le hizo los honores concienzudamente, bebiendo, el uno “¡al buen éxito!” otro “¡por el viejo Flint!” y cerrando Silver la ronda con estas palabras: