Creo que la prontitud con que respondimos á su disparo dispersó á los rebeldes una vez más, porque aunque estábamos á descubierto ya no se nos hostilizó mientras nos dábamos trazas de izar al pobre guarda-monte para pasarlo al recinto de la estacada y trasladarlo, quejándose y desangrándose, al interior de la cabaña.

¡Pobre viejo! De sus labios no había salido ni una palabra de sorpresa, queja ó temor, pero ni aun de sentimiento, desde el instante en que habían comenzado nuestras complicaciones, hasta aquel punto en que le acostábamos allí, en el centro de nuestro reducto, para que muriera. Como un troyano verdadero había permanecido vigilante é inmóvil tras de su colchón en la galería; cuantas órdenes se le habían dado, él las había obedecido callado, con la docilidad de un perro, y muy bien, por cierto. Era el de más edad de todos los de nuestro campo, llevando veinte años, por lo menos, al más viejo; y ahora, aquel anciano criado taciturno, servicial, estaba allí tendido, próximo al sepulcro.

El Caballero se dejó caer casi junto á él, sobre sus rodillas, y le besaba la mano, llorando como un chiquillo.

—¿Cree Vd. que me voy, Doctor?, preguntó el moribundo.

—Tom, hijo mío, le contesté, vas á volver á tu verdadera patria.

—Siento mucho, replicó el agonizante, no haber dado antes á esos pillos una lección con mi mosquete.

—Tom, exclamó á la sazón el Caballero todo conmovido; Tom, dime que me perdonas, ¿no es verdad que si?

—Señor, fué su respuesta, ¿no crée Vd. que eso parecería una falta de respeto de mí á Vd.? Pero hágase como Vd. lo pide... sí señor, con toda mi alma.

Siguióse un silencio no muy largo al cabo del cual murmuró que desearía que alguien dijese cerca de su cabecera alguna oración, añadiendo en tono sencillo y como disculpándose de su atrevimiento.

—Créo que esa es la costumbre... ¿no es verdad?