En otra ocasión vino y se estuvo callado por un corto rato. Luego volvió la cabeza y me preguntó:

—Dime, Jim, ¿ese Ben Gunn es de veras un hombre?

—No podré decirlo á Vd., señor, le contesté. Por lo menos dudo mucho que esté en su juicio.

—Bueno, si es posible la duda, entonces es seguro que sí está, replicó el Doctor. Ya tú comprendes, Jim, que un hombre que durante tres años se ha estado solo en una isla desierta no puede conservar su razón tan cabal como tú ó yo. Eso no es posible dentro de la naturaleza humana. ¿Dices que lo que á él parecía urgirle más era comer un pedazo de queso?

—Queso, sí señor, le contesté.

—Está bien; pues mira tú ahora lo que es venir uno sobrenadando en la abundancia. ¿Has visto mi caja de rapé, no es verdad? Y nunca me habrás visto tomar un polvo: la razón es que en esa cajilla lo que traigo precisamente es un pedazo de queso de Parma, un queso hecho en Italia, y extraordinariamente nutritivo. Pues bueno: ese queso es ahora para Ben Gunn.

Antes de que nos pusiéramos á cenar, dimos sepultura al cadáver del viejo Tom en una fosa cavada en la arena, en torno de la cual permanecimos piadosamente por algún rato tristes y preocupados, con las cabezas, que la brisa de la noche enfriaba, descubiertas en aquel acto solemne.

Buen acopio de leña se había llevado al interior de la cabaña, pero no toda la que el Capitán deseaba, por lo cual, una vez que la hubo inspeccionado nos dijo que esperaba que por la mañana se recomenzara la obra y con una poca de mayor diligencia por esta vez. Cuando todos hubimos tomado nuestras respectivas raciones de tocino y apurado un buen jarro de grog de Cognac, los tres jefes se retiraron á un ángulo de la pieza á deliberar sobre la situación.

Muy bien veíamos que habían agotado su imaginación para resolver qué haríamos, siendo como eran tan escasas nuestras provisiones, que al fin nos veríamos obligados á rendirnos mucho antes de que pudiese llegarnos ni una sombra de socorro. Así, pues, se decidió que nuestra mejor esperanza era la de procurar matar cuantos piratas pudiéramos hasta obligarlos, á una de dos, ó á arriar bandera, ó á largarse al fin con La Española. De diez y nueve que ellos eran ya se veían ahora reducidos á quince, habiendo dos heridos, y por lo menos uno de ellos, el que cayó junto al cañón, de gravedad. Cada vez que tuviésemos batalla, debíamos aprovechar bien nuestra pólvora con gran cuidado de no exponer inútilmente nuestras vidas. Teníamos, además, dos magníficos aliados: el rom y el clima.

Por lo que hace al rom, aunque estábamos á más de media milla distantes del enemigo podíamos oir su barahunda y sus cánticos que duraron hasta bien entrada la noche.