Recalcó muy bien la palabra deserción y prosiguió sin detenerse:

—Estamos resueltos á someternos si nos es posible obtener algún arreglo y nada más. Todo lo que yo pido es que me dé Vd. su palabra, Capitán Smollet, de que me dejará salir sano y salvo fuera de esa estacada y un minuto de plazo para ponerme fuera de tiro antes de que se haya disparado un arma.

—Pues oiga Vd. esto, replicó el Capitán Smollet: lo que es yo no tengo malditas la prisa ni la gana de hablar con Vd. Si Vd. quiere hablar conmigo, puede Vd. entrar aquí y basta. Yo no tengo que empeñar mi palabra á un hombre de su calaña; si hay en esto alguna traición oculta, será sin duda del lado de Vds., y en tal caso Dios les ayude.

—Me basta con eso, Capitán, contestó John Silver en tono satisfecho. Una palabra de Vd. es más que suficiente. Yo sé lo que es un caballero; puede Vd. creerlo.

Entonces pudimos ver al hombre de la bandera tratando de hacer retroceder á Silver. No era esto muy de sorprendernos atendiendo al tono caballeresco de la respuesta del Capitán. Pero Silver se le rió en las barbas y golpeándole sobre el hombro pareció decirle que la idea de todo temor ó alarma era perfectamente absurda. Entonces avanzóse hacia la estacada, arrojó su muleta al otro lado y con gran vigor y destreza logró salvar el cercado, saltando sano y salvo al recinto de la empalizada.

Debo confesar que lo que sucedía en aquellos momentos me atraía demasiado para que me fuera dable servir en lo más mínimo como centinela. Desde luego había ya desertado de mi tronera de Oriente que fué la que me designó el Capitán, y me había deslizado detrás de éste que acababa de sentarse en el dintel del portalón, cruzando estoicamente las piernas, recargando la cabeza sobre una de sus manos y dirigiendo la vista con la mayor indiferencia á la fuente que burbujeaba y salía rumorosa del caldero, para perderse correteando sobre la arena. Púsose, además, á silbar el sonecillo de “¡Venid mozos y mozas!

Á Silver le costaba un trabajo del diantre el subir por la ladera de la loma. Lo escabroso de ésta, los troncos de los árboles cortados, que estaban aun allí pegados unos á otros, y lo suave de la arena hacían que él y su muleta me parecieran como un navío dando tumbos entre las olas sin velas y sin timón. Pero él soportó aquello como un hombre, en silencio, y por último llegó á la presencia del Capitán, á quien saludó de la manera más cortés del mundo. Habíase colocado sus mejores arreos: una gran casaca azul toda llena de botones de metal, le colgaba hasta las rodillas, y un hermoso sombrero galoneado se ostentaba sobre su cabeza, ligeramente echado hacia atrás.

—Y bien amigo, ¿ya está Vd. aquí?, dijo el Capitán levantando la cara. Me parece que puede Vd. sentarse.

—¿Es que no me va Vd. á recibir allá adentro?, dijo Silver un tanto cuanto quejoso. Me parece esta una mañana demasiado fría para que nos estemos aquí, sentados sobre la arena.

—Amigo Silver, replicó el Capitán, si Vd. se hubiera conducido como un hombre honrado, á estas horas estaría Vd. sentado muy agradablemente en su galera. Esto no es más que la obra de Vd. mismo. Como cocinero de mi buque, que era Vd., era tratado de la mejor manera del mundo; como Capitán Silver, ó sea como amotinado y pirata, tiene Vd. por perspectiva la horca.