Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban, por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia! ¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos como en sueños al escribir estos garabatos!
¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado vehículo, atestado de carga y pasajeros,—proeza que realizamos una vez.—Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo, para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril: con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura, carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia torrencial y el viento helado.
En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un candidato frustrado cuando creía más segura su elección!
En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos, como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura, y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas, se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos. ¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa. Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita, siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:
—Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos serán si consiguen escaparse!
Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa. Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.
En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás. No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima. Hubo—análogo á la batalla del Piojito,—un gran combate, al caer la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.
Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...