Había respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor que se imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto puede el misterio!

—En ese caso—dijo por fin el viejo, llegando á una crisis de su meditación,—en ese caso doy por pedida la mano de María. Yo hablaré con ella, haré que me diga sí ó no, ó, por lo menos, sabré qué piensa...

—Creo que su intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone. María me ha declarado que está resuelta á no acortar el plazo...

—¡Oh! estas muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!... Pero las cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez... En cuanto á usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique más el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al contrario, es posible que así se arreglen las cosas mucho más pronto...

Se fué el buen hombre, y yo me quedé riendo de rabia por la irónica comunicación, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que iban á tener padre é hija. En la imposibilidad de escucharlo, traté de encontrarme al día siguiente con Blanco, lo que no era muy difícil, pues todas las tardes salía á caminar. Á mis preguntas, contestó evasivamente, con aparente franqueza:

—Dice que los dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo de casarse. Que quiere conocerlo más, para no lamentar después una equivocación...

Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente á la crítica, porque de otro modo ni él ni ella podrán nunca ser felices. Este debía ser el fondo del pensamiento de Vázquez, al decir que no quería conquistar á una mujer «convenciéndola», sino «enamorándola». Pero entonces, mis sentimientos llegaron á exagerar todos sus caracteres apasionados ya, y me pareció imposible vivir sin María, no vencer ese primer obstáculo opuesto á la realización de mi voluntad, hasta entonces siempre vencedora.

Ajustándome, pues, á los deseos manifestados por don Evaristo, y siguiendo una táctica que aún me parecía eficaz, pese á su fracaso anterior, no fuí á ver á María, sino el día antes de marcharme á Buenos Aires. Estuve pocos minutos y me despedí, diciendo:

—Espero que á mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida está devorada por la impaciencia y resulta intolerable.

—¿Por qué impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si empezara, tendría luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.