—¡Vaya, vaya! Ni se sueña usted quién me ha informado.
Al despedirme de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:
—¿Me cree usted tan simple que no hubiera convocado á Sánchez, si éste fuese mi informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las sospechas?
En cuanto á Smithson, á quien retuve unos minutos más, también le sugerí la idea de que el indiscreto era Peacan, y esperé el resultado de mi pequeña combinación: Cualquier otro hubiese hablado á solas con cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos á un tiempo, suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi objeto. Y, en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar dos cajones de remingtons, consignados á un bolichero de las afueras, hombre de Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En cuanto á Peacan, más leal ó menos asustadizo, había pedido que no se siguiera enviando armas por su línea, porque estaba descubierto.
Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para que no me los escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos». Un tercer cajón llegó á casa de un opositor católico, el doctor Lasso; también lo dejé. Por último, Zúñiga cometió la tontería de recibir dos en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí los que había en las chacras, en el boliche, en poder de algunos particulares, y escribí á Lasso un billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero que, como no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.
Correa se quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los rumores habían llegado á sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al ver que yo me encogía de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y honrándome como nunca lo había hecho, se fué á visitarme en la policía.
—¡Ah, muchacho!—exclamó.—¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!... ¡Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar á todos esos revoltosos de porra!
—¡No se precipite! Mire bien lo que va á hacer, don Casiano—le dije.—El pueblo está demasiado alborotado para que nos metamos en «persecuciones». Lo mejor será practicar una larga investigación, sin tomar preso á nadie por el momento. Siempre habrá tiempo de hacerlo en el curso de la instrucción, si vuelven á alzar el gallo. Y, ahora, para hacerle el gusto, permítame que le presente mi renuncia...
—¡Cómo tu renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que «renuncies» en estos momentos. ¡No faltaba más!
—Sí, Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la renuncia, pero copiando este borrador.